8.30.2006

Reflexiones del messenger

Releyendo antiguas conversaciones que, con el tiempo, han permanecido en un rincón olvidado de mi ordenador, me he dado cuenta de cuanto he cambiado. De que he dejado atrás una forma de hablar, en la que me mareaba continuamente. Ahora mismo pienso en tres personas con las que mantuve conversaciones en el pasado, y de las que sé poco o nada. Estuvieron dentro de mi pensamiento, fueron objeto de mis sentimientos de joven-infante, y ahora, apenas son capaces de motivarme a añorarlas. Pero si reflexiono:

La primera, más cercana en el tiempo, más lejana en la actualidad, fue el objeto que se utiliza para mantener la mente ocupada, y así no pensar en el gran desamor de mi vida. Nuestras conversaciones se convertían a menudo en discusiones, y siempre se imponían sus deseos e intenciones. La última vez que la vi, recé porque no me hablase, porque no pronunciase mi nombre, pues he llegado a detestar su voz, odiar sus palabras, y tenerle rencor a sus recuerdos. Es lo que pasa cuando descubro que alguien me trata como una marioneta: corto las cuerdas y le ahogo con ellas.

La posterior de la que me he acordado, fue aquel amor frustrado del instituto que no olvidas en mucho tiempo. Me doy cuenta de que siempre hablaba y me respondía yo mismo, y aún me daba tiempo para liarme con las palabras. Nunca dije lo que tenía que decir, ahora me arrepiento, pues algo que permanece dentro de ti, es algo que acaba contigo como las termitas con la madera: desde dentro. Ella no me quería, y no me quiere. Sinceramente, no me hace falta, ni me la hizo, pero aquellos sentimientos no los olvido, pues me hicieron madurar, y comenzar a escribir como ahora hago. Aún así, no le tengo nada que agradecer, sin embargo ella mí quizás sí, le di confianza y comprensión, como hago casi siempre con gente que acaba despreciándome, aunque me sigan sonriendo.

Y la última, y no por ello más reciente. Sus últimas noticias llegaron en el Octubre pasado, fui yo el que no respondió y cortó el contacto. Hoy, después de casi un año, quizás demasiado tarde ya, intentaré recobrarlo. Durante muchos años, y a larga distancia, nos hablamos, nos sinceramos y cuidamos, como dos verdaderos amigos. Nos llegamos a querer de una forma especial, y nos hicimos lindas promesas. Con ella, en menor medida, también fue un niño tímido, que no se atreve a decir lo que quiere, y que se hace el tonto cuando tiene miedo en situaciones tensas. Hace un año también lo era, ahora, intento avisparme un poco más con las experiencias. Ella, correspondiéndome el cariño, por primera vez en mi vida, me animó las tardes tristes, las melancólicas noches y las lloronas madrugadas. Gracias.

¿He madurado? Eso creo, pero aún creceré más, y me acabaré convirtiendo en un adulto para los demás, pero quién me conozca, verá a ese niño que, aunque aprende y crece con los años, sigue queriendo como solo un niño quiere: con pureza, con cariño, con deseo y ofreciendo sueños, pues tantos ya he ofrecido y han llegado a ser el antídoto de la amargura de algunos, y aún así, afortunadamente sigo teniendo abundancia de estos.

Buenas noches y dulces sueños a todos.

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(con amor...)

8.28.2006

Nada

Época de vacío en la que únicamente pequeñas cosas relucen. Amistades sin rumbo que nacen, días que persisten sin valor en la memoria, sentimientos perecederos que me engañan y aturden. Intento vivir estos días de forma contradictoria a la dada habitualmente, pues sé que mis errores de ahora serán rectificados en un mes, o eso espero. Menos de un mes es justamente lo que falta para empezar lo que he deseado varios años, y ahora no sé si me llenará como he esperado siempre, ojala así sea. Mil ideas en la cabeza, el triple en sueños, y ni una décima parte en hechos reales. Vamos, una mierda. Pronto sueño con las calles encharcadas de ese enigmático barrio valenciano. Rostros nuevos pero familiares en mi futuro. Sentimientos deseados en años pasados y que llegan a ese corazón que cree haber abandonado la partida. Se acabó una época ridícula y humillante, ¿será igual la siguiente? ¿Puede que exista y encuentre alguien al fin al que mis sueños no le parezcan chistes de cómicos fracasados? Y que alguien vea en mi, ese soñador al que sin alas le puedan permitir volar… aunque sea por poco tiempo, pero que me avisen para disfrutar del vuelo… Bueno, lo dicho, que en menos de un mes entró en la Universidad (a menos que no haga la matricula) y además me presento a otro concurso, a ver que tal. Por el momento, de proyectos voy lleno, de trabajos casi vacío. Os daría ánimo a los que tenéis ahora a principios de mes recuperaciones, tanto de Instituto como de universidad, a los que ya os queda poco para terminar de trabajar o a los que comenzáis, pero solo se lo doy a los justos, pues lo necesito más que nunca… pero si con la palabra os vale
¡Ánimo!... que lo necesitamos.

8.18.2006

Esperando al Invierno

En mis sueños todo era diferente. Todo. Desde el perfume que desprendías por las mañanas, hasta la forma de mirarme. Yo nunca pedí que la realidad fuese una copia exacta de mis sueños, pero solo con haber hallado una simple coincidencia habría sido feliz. Desgraciadamente, nuestra vida no es como esas películas románticas que no puedes dejar de ver. Pero sé que yo no soy Mathieu Kassovitz, ni Bill Murray, ni Jim Carrey, y tú tampoco eres Audrey Tautou, ni Scarlett Johansson, ni Kate Winslet. Y aún menos vamos a interpretar una dulce historia, que no es más que el simple sueño de un ingenuo niño que aún cree en aquello que una multinacional llamó “amor”, y cuya base material es la publicidad, y la abstracta los sueños de los demás como yo. Pero bueno, siempre me ha gustado creer en aquello que, por muy imposible que sea, nadie es capaz de borrar de mi mente. Si alguien lo hubiese conseguido, carecería de sueños y de objetivos que alcanzar. Y mira que han intentado espabilarme a golpes, pero nada, yo tan feliz entre mis sueños. Y sin embargo pienso que es imposible que vaya a vivir un frío invierno en el que me sienta a gusto con el calor emocional que me vayan a proporcionar. Comienzo a no creer, por mucho que quiera, en la preciosa lumbre de la chimenea, a nuestros cuerpos enredados en sabanas de lana y gruesos edredones. No más sueños con tazones de chocolate caliente, ni hirvientes besos con sabor a té. No habrá gotas de lluvia que se cuelen por nuestros cabellos mientras correteamos por bellos parajes. Ni grises ciudades, y aún menos solitarias noches en pareja. Se derritió la nieve con la que rebozarnos, y desapareció la playa donde se perderían unidas nuestras miradas. Se esfumaron las palabras bonitas, las poesías y las canciones tristes sobre sentimientos mutuos. Esta llegando el invierno que destinamos para amarnos, y parece aún mas lejano que lo estuvo hace meses. Y aún así llegaron los días tristes y calurosos, las melodías que riegan la melancolía y las lágrimas secas que nunca brillan. Lo único que quedo es la espera del invierno… sola, incómoda y triste.

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8.15.2006

(Homenaje a Extremoduro)

“Salir, beber, el rollo de siempre
Meterme mil rayas, hablar con la gente
Llegar a la cama, y joder que guarrada sin ti…
Y al día siguiente…”

Se nota que este verano la música esta teniendo un papel aún mas imprescindible en mi vida que de costumbre, y eso ya es difícil, pues no hay canción que no me diga nada, que no me transporte en algún momento del pasado o que me sugiera soñar con algo. Mis primeros conciertos, mi primer festival, mis primeros agradecimientos como fan… Y encima dentro de nada a Buñol (si Dios… digo mis padres quieren) a ver a Warcry, Barricada, Saratoga y Barón Rojo!!! Pero, aunque no acuda a un concierto suyo, Extremoduro está presente… “So payaso” me siento cuando insisto… “Salir, beber” lo que hago día tras día, en mil historias de noches en Serra que para escribir un libro me sobran y bastan. “Jesucristo García”, pues un Dios querría ser, y un patán me siento. Y sentir ese “amor castúo” dentro de mí. Y mi corazón, que “de acero” se ha cubierto.
Pero bueno, aquí me quedo con mis cómics, que me dan las pocas alegrías que desde mi interior vienen. ¿Para cuando las crónicas del YesteRock? Algún día, algún día…
¡Ah!... y definitivamente el mundo es un pañuelo, en el que las casualidades son tan frecuentes en el como la mierda o los desechos nasales (sí, mocos, que soy muy culto XD). Pero a rabietazos con todo no voy a conseguir nada, así que sonrío con una copa (vaso de plástico, que soy pobre) y veo todo pasar… una noche encerrado en casa, mañana de cerveceo con unos amigos me iré. Alá, que siga la música, y con ella me voy a volar… pues como para los red hot, “Music is my aeroplane”…

8.13.2006

Y aunque he intentado evitarlo… al final solo, y eso que he recibido cariño últimamente. Pero ya solo me queda salir, beber, el rollo de siempre… Qué poetas eran los de Extremoduro. Otra noche mas y no será la última. Me pregunto quien será el que me acompañará mañana…. ¿serás tú? Eso habrá que verlo.

8.10.2006

Sueño...

Sueño despierto y dormido, pues soñando me siento vivo. Sueño con un verano que nunca llegará y un invierno que pasó ya. Sueño con perderme en la nada, pues allí podré soñar. Sueño con luciérnagas persiguiéndome, como lo hicieron tus besos en tiempos mejores. Deseo no tener sentimiento alguno, pues en este mundo el amor no tiene lugar. Quiero soñar con que te olvido, pero amándote aún vivo. Sueño con alas que me crezcan, y que por muy cerca que de las estrellas vuele no desaparezcan. Sueño con una vida en otro lugar mejor, pues donde vivo no puede ser peor. Sueño con recuerdos que no viví, sin pensar en las ocasiones que perdí. Sueño contigo, pues una pesadilla sería si lo hiciese conmigo. Sueño con días nublados cuando no puedo evitar llorar, y soleados cuando mis lágrimas quiero secar. Sueño con tu piel volver a acariciar, pues no sé algo mejor con lo que soñar. Sueño con lo que he vivido, pues es mejor que ver lo que he perdido. Sueño con la felicidad, porque sino me vencería la maldad. Sueño, porque de mis ilusiones soy el único dueño. Sueño porque es lo único que me queda… y porque quiero.

8.05.2006

Penas y Dudas (3ª parte y final)

(...) Había enfrente de mí un ser desconocido, de cuyo rostro parecían colgar larvas, y que ni siquiera se inmutó por mi presencia. Buscando identificar algo más “normal” a mí alrededor, vi una mujer que se acercaba a mí, y que, a diferencia del otro, sí que me miró con sus innumerables ojos. Luego, un hombre de pequeña estatura, se posó a mi lado y abrió un cofre del que salió un esplendor que me cegó, y lo cerró nuevamente antes de que pudiese ver su interior. Desconcertado aún, me giré e intenté salir por donde había entrado. Pasé las rojas cortinas de nuevo, pero me devolvieron a aquel extraño lugar. Ahora, dos mujeres desnudas se acariciaban, y sus dedos traspasaban la piel de la otra, como unos fantasmas. Un hombre con barba negra y gafas de sol me pareció ser el referente más humano que tenía cerca, y, cuando me acerqué a él lleno de preguntas que hacerle, me sorprendió con una sonrisa que lucía unos dientes más propios de un animal carnívoro que de una persona. No me atreví a mediar palabra, preocupado por las consecuencias que pudiese tener lo que hiciese. Ni siquiera sabía bien dónde ir ni cómo moverme, hasta que vi entre la multitud de aquellos seres la cabellera de la chica que me había conducido hasta allí. Con miedo a volver a perderla de vista, corrí hacía ella y posé mi mano sobre su hombro para retenerla. Se giró, y me alivió ver que poseía el mismo rostro que cuando me había besado. No supe qué decir, y fue suficiente el esfuerzo que hice para preguntarle quién era, aunque la pregunta me la podía haber callado. Estirando de su blusa, consiguió hacerme visible una profunda herida que tenía en el pecho y que, aunque parecía ser muy reciente, no sangraba y tenía un color azulado, como si comenzase a deteriorársele la piel. Mi miedo iba creciendo cada vez más.
Caminé desorientado por entre aquellas personas, mientras podía observar cabras que caminaban de pie, o el degenerado acto de hombres y mujeres (si era verdaderamente lo que eran) bañándose en un líquido rojo mientras se lamían. Aún peor fue no poder cegar mis ojos ante la asquerosa escena de un hombre comiéndose sus propios ojos, y a continuación ver como si de un fruto se tratase, le volvían a crecer. Quise gritar, golpearme y sacudirme hasta despertarme, pero no parecía ser posible abandonar un sueño cuando no lo era. Huyendo de aquello, busqué un refugio temporal, y acabé entrando en los aseos. Allí me pareció marearme cuando todos los azulejos, uno a uno, dieron la vuelta sobre sí mismos, como si las paredes solo estuviesen compuestas por ellos. Sentado sobre un lavabo, estaba un ser que parecía un montón de huesos cubiertos por una fina y un poco peluda piel oscura de tono rojizo. Con sus manos, de las que sobresalían largos y afilados dedos, sostenía unos botes de spray, con los que había escrito palabras pertenecientes a actos inmorales y propios de un demonio, que era lo que esa criatura me recordaba. Se giró y, al verme, abrió su boca luciendo unos colmillos que parecía que podían triturar una vaca entera con huesos incluidos de lo puntiagudos y fuertes que los tenía. Me dio un ronco gritó que casi consiguió que mi vejiga se vaciase rápidamente. Asustado, llegué hasta uno de los retretes, lo abrí y entre en él. Me senté y apoyé mi cabeza sobre mis brazos, mientras cerraba los ojos y rogaba a algún dios o ser divino que me sacase de aquel, nunca mejor dicho, infierno. La desesperación que me invadía era tal que comencé a llorar y casi a gritar, sin importarme que esto enfureciese a la imitación de diablo que suponía que continuaba afuera. Instintivamente, exterioricé todos mis sentimientos y me desahogué lo mejor que pude. Mis lágrimas, que habían estado presas dentro de mí todo el día, por fin eran libres y se deslizaban por mis mejillas hasta que las esparcía con mi mano.
Pasaron unos minutos y me sentí mejor, aunque aún estaba en aquella pesadilla que era tan real como las dudas y penas que había tenido todo aquel día. Después de toda la noche, me encontraba allí, en unos cuartos de baño de a saber donde, cuando comencé a desear haberme quedado en casa y estar tumbado en mi cama, aclarando mis sentimientos y añorándola. Me pregunté qué sería lo que ella estaría haciendo, si se acordaría de mí en ese instante. No me acordé en ese momento de nada más. Ni de Marta, ni de la muerta que me había llevado allí, ni de cualquier otra persona. Pensé en ella, y continué comiéndome el coco de nuevo hasta que mis ojos, cansados, se cerraron.
Oí golpear la puerta del cuarto de baño. Intentando protegerme de cualquiera de esos seres, había puesto el cerrojo a la puerta. No oía quien la sacudía y temí que fuese un diablo o algo semejante. Dudé por unos instantes y, casi de forma inconsciente, abrí la puerta. David se abalanzó hacía mi y me preguntaba si me encontraba bien, e incluso me abrazó, diciéndome lo desesperado que estaba al ver que no le abría. Miré afuera, y no vi los mismos lavabos que cuando entré, sino que estos eran los primeros en los que había estado. Marta y Rafa aparecieron también por la puerta y me preguntaban como estaba. Creí escuchar a Marta decir que estaba muy preocupada por mí. Intenté incorporarme y conseguir mantenerme en pie. Después de que todos parecían haberse calmado al fin, salimos de allí y David me prometía invitarme a una copa que nunca se serviría. No tenía muy claro que había pasado con aquel lugar y aquellos seres, si había sido todo una ilusión o realmente no había salido del primer retrete nunca. Aún así no podría saberlo nunca, pero si sabía que me había ayudado a dejar de lado mis instintos para guiarme, y al fin podía seguir al sentimiento que debía llevar el timón de mi mente. Y así le permití hacer cuando, llegando con los demás, me separé y dije a David que me encontraba cansado y deseaba marcharme. Este intentó seguirme y retenerme, pero acabé desapareciendo entre la multitud para que no me volvieran a ver en toda la noche.
Salí de la discoteca y caminé unas cuantas calles hasta llegar a una avenida donde aún circulaban algunos coches. Me senté en una parada de autobús donde esperé. Miré al cielo, donde la contaminación lumínica lo inundaba todo, y casi ni se apreciaban las oscuras nubes que, antes de que llegase mi autobús, comenzaron a retorcerse y hacer caer sus gotas. Subí al transporte nocturno, que curiosamente llevaba hasta la Avenida del Puerto, mientras buscaba una moneda en mi bolsillo con la pagué el billete. Me senté, y en el trayecto me quedé embobado mirando a la nada, deseoso de llegar.
Bajé del autobús, y caminé dirigiéndome hacía el lugar de donde provenía el viento que empujaba las gotas que poco a poco humedecieron mi cabello. Comencé a tener frío, pero eso no me detuvo, y en unos minutos llegué a la playa, donde me descalcé y anduve por la arena hasta estar a unos tres metros del agua. Me dejé caer derrotado, y cerré los ojos. Oía a lo lejos el sonido del aire al mover el mar, y me pareció escuchar unos pasos en la arena, que se dirigían hacía mí. Creí notar una delicada y fría caricia en mi mejilla, y sentí como se arrodillaba junto a mí. Querría haber abierto los ojos y que mi ilusión no se hubiese desvanecido, pero no iba a ser así. Siendo el único cuerpo tendido en aquel cielo de arena mojada, me pasé la noche pensando, aclarando mis dudas y temores como el amanecer lo haría con el temporal. Aquella noche debía reflexionar, al día siguiente ya tendría tiempo de actuar, y quizás, de llorar. Dentro de mí continuaba estando aquel sentimiento por el que debía de luchar.
Caminaba despacio, sin prisa, tomándomelo con calma, perseguido por el sol que había salido con muchas ganas de ofrecer a la ciudad un bonito día, que ojala lo fuese. Tardé poco en llegar a su casa, y respiré un par de veces antes de tocar al timbre. Vi mi reflejo en el cristal de la puerta, y me sonreí con ganas, contento de poder hacerlo y sin saber si lo seguiría haciendo las horas posteriores. No pasó mucho tiempo hasta que oí su voz en el telefonillo preguntando quién era.
-Elena, soy yo, Víctor.-Contesté rápidamente, impaciente por que abriese la puerta.
-¿Víctor? ¿Qué haces aquí?- Preguntó como si estuviese molesta, lo que realmente no era cierto, sino que era fruto de su confusión.
-Abre, por favor. Tengo que decirte que te quiero."

Pues ahí lo dejo. Espero que os haya gustado. Justamente ahora, cuando más melancolia me entra al leerlo es cuando tenía que publicarlo, por lo que haber esperado vale la pena. No gané, por supuesto, ya que no es un relato que reuna las características mínimas para ser seleccionado en un concurso, pero a mí me gusto, y me quede muy satisfecho, que era lo importante, pues era un relato que tenía pendiente. Lo dicho, que lo disfruteis con salud. Y un consejo: disfrutad del amor cuando aún no es correspondido, pues es la época más preciosa y de ensueño. Saludos.
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8.03.2006

Penas y Dudas (2ª parte)

(...)Cuando subí las escaleras y salí de la boca del metro, vi a David de perfil, no parecía haber cambiado en absoluto desde la última vez que lo había visto. Se giró y, nada mas verme, se acercó casi corriendo y me dio un fuerte abrazo. Le vi contento y sonriente, con los ojos casi cerrados como si los tuviera achinados, con un tono rojizo debajo de ellos y una sonrisa exageradamente estirada hacia los lados. Su rostro era el de un niño. Por ello, al verle con aquella expresa felicidad resultaba hasta adorable. Sin más prolegómenos, marchamos hacía su casa. Eran las ocho y cuarto aproximadamente.
Ya había estado alguna que otra vez en su casa, o mejor dicho, en el piso de sus padres donde el también residía. El piso era uno de esos en los que cuatro personas ya vivían ajustadas, pero en el que David y sus padres residían más o menos cómodamente. Lo único que se podría destacar negativamente era la cocina, que era una ratonera, y en la que los dos tuvimos problemas de movilidad cuando, calculando que tardarían sus amigos menos de diez minutos en llegar, comenzamos a hacer la cena. Antes de que yo llegase, aprovechando que tenía un supermercado debajo de casa, había comprado todo tipo de alimentos que gustan a los jóvenes: salchichas, panceta, patatas fritas y la fundamental bebida, en la que sobresalía la gran cantidad de alcohol.
Cerca de las nueve y media, llegaron todos sus amigos. En un primer vistazo, no me pareció que fuese a ser gente con la que no pudiese relacionarme. Eran seis, y me los fue presentando aleatóriamente, es decir, los que más cerca tenía antes: Marta, Rafa, Fernando, Carlos, Sandra y Ana. No podría decir que nadie me chocase desde un principio, sin embargo de las chicas, Sandra y Marta me agradaban físicamente, ya que sus rostros eran bonitos, sobre todo el de la última, de la cual me encantaba el piercing que llevaba en el labio inferior.
Las botellas de cerveza comenzaron a ser destapadas mientras el anfitrión sacaba la cena. Algunos comenzaron a picotear, y Rafa, que como ya me había dicho David era su mejor amigo de toda la vida, puso en el equipo de música un disco de un grupo de rock español que yo no conocía demasiado. Algunas de las conversaciones que mantuvimos en la cena se centraron en mí, normal, si se considera que era un intruso en aquel círculo amistoso. A mi lado tuve todo el rato a Marta, que fue quizás con la que más hablé y simpatía cogí. Me dio tiempo a fijarme en sus ojos, que, aunque en un primer análisis no me había detenido en ellos, descubrí que eran preciosos. De un color gris claro, me recordaban a aquellas nubes que en un día soleado parecen alertar de un cambio climático y en las que se pueden divisar diferentes formas.
Acabamos de cenar y yo me senté en un sofá que había enfrente del televisor y a mi lado se sentó Marta, cuya compañía acepté de buen agrado. Empezamos a acercar el alcohol hasta nuestros asientos, y de las cervezas pasamos al vodka y al güisqui. Entre cubata y cubata, la charla con Marta y los demás se hizo más y más amena, y ahora era yo quién podía descubrir cosas sobre ellos: Rafa trabajaba en el taller mecánico de su padre, y le encantaban los coches. Por su parte, Carlos llevaba dos años trabajando como cartero mientras se dedicaba a su amada novia, su guitarra. Había fundado un grupo de rock junto a unos amigos entre los que se encontraba Fernando, que a su vez trabajaba en una pizzería como repartidor. En cambio, las tres chicas eran universitarias, como yo. Ana estaba en la Facultad de Historia, mientras que Sandra y Marta eran compañeras en la carrera de Bellas Artes. Dijeron de Marta que tenía el don de crear las mejores caricaturas, a lo que le pregunté si algún día me haría una. Ella aceptó enseguida, ya que eso significaría que nos volveríamos a ver, lo que quería que ocurriese. También me contó muchas historias, lo que hizo que pronto me pareciese que la conocía tanto como a una vieja amiga.
Sin que en nosotros estuviese presente la noción del tiempo, pasaron un par de horas y, cuando nos dimos cuenta, las agujas del reloj de pared marcaban la una menos cuarto. No sé quién fue, pero lo importante es que alguien propuso la idea de abandonar la casa de David y marcharnos a alguna discoteca de los alrededores. A mí la idea no me agradó demasiado, porque en una discoteca no podría continuar la conversación que mantenía con Marta por culpa del molesto volumen al que estaríamos sometidos. Pero fui el único que se opuso a esta decisión, y en menos de cinco minutos todos habíamos salido de la casa rumbo a la discoteca, que no estaba más allá de unas diez calles. El hecho es que tardamos unos quince minutos en llegar, y no había demasiada cola, por lo que enseguida entramos. Fuimos sin pararnos hasta la barra, donde cada uno nos pedimos un único cubata para el resto de la noche, ya que ya íbamos bastante cargados. Recuerdo que me lo bebí rápidamente y, después, sentado en uno de los largos sillones que había a los lados de la barra, lejos de la pista, me entretuve derritiendo los cubitos de hielo en mi boca mientras a penas escuchaba las conversaciones que mantenían Carlos y Fernando, que eran junto a mí los únicos que no bailábamos. Marta se separó del grupo que estaba en la pista y se nos acercó para intentar convencernos de que saliésemos a bailar. Los otros dos se negaron, pero ella se empeñó en que fuese yo quien la acompañara, hasta que me condujo hacia el centro de la discoteca, donde todos parecían oscilar por la fuerza proveniente de los gigantescos altavoces.
Nuestros cuerpos se movían conjuntamente. Yo intentaba imitar desastrosamente el ritmo que ella marcaba, sin estar muy seguro de si bailaba correctamente. Al principio lo llevaba bien, pero luego comencé a sudar y, poco a poco, me fui encontrando mal por culpa del esfuerzo continuo y el alcohol que se empezaba a revolver en mi interior. Pero pareció calmarse cuando noté mas cerca el cuerpo de Marta, y con su cabeza posada al lado de la mía, su aliento golpeaba contra mi cuello como una suave brisa. De repente, la bola de metal de su piercing chocó contra mi oreja y luego descendió, lo que me producía un escalofrío interior. Su lengua estaba lamiendo suavemente mi cuello, y comenzaba a estar excitado cuando noté un sentimiento contradictorio que me hizo, tras disculparme, ir corriendo hacia los cuartos de baño.
Me maldecía una y otra vez mientras, arrodillado, expulsaba todo el alcohol ingerido durante la noche. Luego me limpié con un pañuelo, cuando entró por la puerta una desconocida que me miró, se agachó y sin que me diese tiempo a comprender nada, me besó. Todo fue tan rápido que ni pude reaccionar. Sus labios estaban ardiendo como en llamas, pero el aliento que me transmitía en el beso era frío como el de una muerta. Únicamente alcancé a mirarle los ojos, negros como el tizón. Me tuve que apoyar en el suelo con ambas manos para no caerme, hasta que ella separó sus labios de los míos. Comencé a pensar qué decir, pero no me sirvió de nada, porque, sin dar ninguna explicación, se levantó y marchó por la puerta por la que había entrado. Confundido, sin saber muy bien qué hacer, seguí mis instintos y me levanté y la seguí. Miré hacia los lados, y caminando por un pasillo localicé su larga melena, la cual perseguí, hasta que desapareció a la derecha. Llegué y vi una puerta cerrada, la cual abrí y entré. Atravesé varías capas de cortinaje en el que creía que me perdería enredado, y, cuando me salvé de aquella especie de telaraña, mis ojos parecieron ser inundados por el alcohol, y, sin poder dar crédito a lo que veía, estuve a punto de gritar aterrorizado.
(...)

8.02.2006

Penas y Dudas (1ª parte)

Después de tres meses, me dispongo a publicar aquí el relato que envié apra un concurso (que por supuesot no ganó). Por cosas del "azar", he deicidido publicarlo, ya que creo que es el momento de ahcerlo. La historia no me gusto demasiado, pero lo suficiente sí, ya que era de un máximo de 10 páginas... Pues aquí esta la primera parte, espero que lo disfruteis...



"La desesperación es un sentimiento que, cuando te inunda, consigue aprisionarte tanto que comienzas a vaciar lo que llevas dentro para no ahogarte: la rabia contenida, algunas lágrimas inquietas, unos cuantos llantos temblorosos e incluso unas estúpidas e inexplicables carcajadas que reflejan tu inestabilidad emocional. Y cuando lo has expulsado todo, descubres que algo se ha quedado dentro, amarrado a tus entrañas, encadenado en lo más profundo de tu pensamiento y que no quiere salir. Y entonces, es cuando te das cuenta de que es el sentimiento más importante que tienes y que, por mucho que te empeñes, no lo vas a poder borrar.
Por fin abrí los ojos, para volverlos a cerrar. Me costó aún más mantenerlos abiertos de nuevo y, una vez consciente, lo primero que hice fue estirar el brazo y buscar con la mano ese aparato al que hacía unos años no veía utilidad y del que hoy en día soy un esclavo más. “Ninguna llamada recibida” fue lo primero en lo que detuve la mirada, y, posteriormente, miré la hora que indicaba que al sol únicamente le quedaba la otra mitad de su vida. Aunque ¿qué importancia tenía que fuese mediodía o de noche? No me importaba levantarme; no tenía un motivo para hacerlo ya que no me había llamado quien yo deseaba que lo hiciese. ¡Qué triste!
Pero como no tenía sueño, me levanté y aclaré mi rostro con agua. Fui al comedor y encendí el televisor, mientras con el mando ponía uno de esos canales autonómicos en el que por suerte, emitían en ese momento un video musical de mi agrado. Pero, tumbado en el sofá, no le presté atención. Senté mi cabeza sobre un cojín y enfrente de ella coloqué el teléfono móvil. Decidí hacerle una llamada perdida para comprobar si me la contestaba. La noche anterior había sido un momento muy tenso y la situación cada vez se complicaba más. Lo que días atrás había sido como siempre, una especie de juego de seducción, de palabras que medio ocultaban mis sentimientos y, quizás, también los suyos, ahora había madurado hasta ser un complicado rompecabezas en el cuál no se puede rectificar. Cada palabra que salía de mi boca tenía que haber sido minuciosamente elaborada ya que, con cualquier error, me podría abrasar en el más doloroso de los fuegos. Y es que ahora ya sabía que ella era más o menos consciente de mis sentimientos y, posiblemente, también de mis intenciones, para nada impuras. Aunque la cuestión que más me formulaba era: ¿Y ella qué? ¿Qué era lo que pensaba Elena respecto a mis sentimientos? ¿Cuales serían los suyos hacia a mí? Estas dudas revoloteaban dentro de mi cabeza como una avispa, cuyo molesto zumbido comenzaba a hacer que me entrase jaqueca.
Observaba inquieto ese objeto que me servía como mensajero y desde el que hacía poco le había enviado una señal de ayuda. Contaba los minutos que pasaban desde que había efectuado la llamada, los que relacionaba con pensamientos que me recordaban a ella:
“Un… día desde que la vi por última vez.
Cinco… el mes en el que estamos.
Ocho… el día en que me la presentaron.
Diez… los meses que hace que la conozco.
Trece… las veces que repito su nombre antes de dormir.
Quince… las canciones que me la recuerdan.
Dieciocho… las velas que aparecieron en mi última tarta de cumpleaños.
Diecinueve… sus preciosos añitos.
Veinte... Veintiuno… ¡Por fin!”
Finalmente sonó esa cutre melodía que, inexplicablemente, me puse un día aburrido en el autobús y que aún no había cambiado. Suspiré y sentí como un leve alivio entró en mí fugazmente. Pero, cuando comprendí que no significaba nada, que únicamente me la había contestado quizás por cortesía o porque se aburría, resignado, dejé el móvil en la mesa y fui a la cocina a hacerme la comida. Bueno, realmente mi madre me la dejaba preparada cada mañana, lista para calentar y comer. Ese día tenía una deliciosa lasaña, que mi madre se había pasado toda la tarde del día anterior cocinando, y cuyo trabajo siempre pensaré que no le sale rentable. Metí el plato en el microondas, lo puse unos cuantos minutos a calentar y me volví al comedor a esperar.
Al acabar, tuve que tumbarme para reposar, o acabaría explotando y llenando la televisión de vísceras y carne picada con bechamel. Embobado mirando la famosa caja tonta, de vez en cuando, mi ojo se perdía y acababa echándole un vistazo al móvil. Pensé en llamarla para quedar con ella, idea que examiné y me imaginé sus posibles consecuencias. Luego pasaba uno a uno todos los números de la agenda del teléfono, hasta llegar al suyo donde me paraba, y volvía a repetir la acción, una y otra vez, hasta que mi mente, en un arranqué de valentía o algo parecido, me hizo parar en su número y darle al botón verde de llamar mientras me lo acercaba a la oreja. Cuando los primeros tonos sonaban, me fui poniendo un poco nervioso y comencé a temblar, pensando que me iba a poner a tartamudear. Pero no, cuando me contestaron al móvil, lo que ocurrió es que me quedé helado al oír una voz masculina que en un principio no reconocí.
-¿Víctor? ¿Víctor? ¿Eres tu tío?- Me contestó alguien que claramente me conocía. Pronto me di cuenta de quien se trataba y de mi error. Por suerte o por desgracia, me había equivocado al seleccionar el teléfono en la agenda, y había escogido el de arriba, el de David, un viejo compañero del instituto. Quise colgar, pero haberlo hecho habría sido un acto descortés.
-¿David? ¿Qué pasa trompo?- le saludé improvisadamente. Trompo era su apodo del instituto, que si no me equivoco, le pusimos por su manía de hacer virguerías con su motocicleta.- ¿Qué es de tu vida?
-¡Buah! ¡Pues muy bien, aquí estoy que acabo de salir del curro!- contestó eufórico con su típico lenguaje de adolescente inmaduro que nunca cambiará. David me sacaba tres años y habíamos coincidido en el último curso del ciclo de la ESO., que acabamos juntos y desde el que accedió a uno de esos grados medios profesional. Comenzamos una conversación corta pero extensa en temas, y acabó explicándome que al día siguiente no trabajaba y pensaba salir esa misma noche con unos amigos, gente que definió como muy simpática y agradable, para tomar unas copas en su casa y luego ya se vería. Me pidió insistentemente que le acompañase, que le hacía mucha ilusión verme. Sabía que no era mentira, pero me intenté escaquear con típicas excusas como que tenía que estudiar y estaba muy casando ya que había salido la noche anterior. La última no era mentira del todo, pero la primera se la tuvo que tomar a risa porque habíamos acabado las clases y no me había quedado ninguna asignatura pendiente para septiembre. Continuó utilizando varios argumentos, o mejor dicho, reproches para que acabase cediendo inexplicablemente. Aunque sí tenía explicación. Pensé que tomar un poco el aire con compañías diferentes a las habituales me sacaría de aquel estado depresivo en el cual me encontraba inmerso. Además, me había propuesto repentinamente el objetivo de olvidarla, y también el de conocer nuevas personas.
Enseguida que le di al botón de colgar, me dirigí a mi cuarto a revisar mi armario. Había decidido vestirme con algo formal pero práctico. Ni se me pasó por la mente la idea de que no fuese a llevarme bien con aquel grupo de amigos, posiblemente porque me considero una persona muy extrovertida y abierta. Entré en la ducha. Me enjabonaba mientras imaginaba como iba a ser aquella noche, que gente iba a conocer, etc. Ni siquiera pensé en Elena por un momento. Ojala la hubiese olvidado por lo que quedaba de día.
De camino a la parada del metro, que no estaba muy lejos de mi casa, compré unas cuantas cervezas. Cuando llegué, pasó poco tiempo hasta que apareció el metro que esperaba. La estación era una de las primeras de aquel trayecto, por tanto, este transporte permanecía casi vacío y alcancé a sentarme. Parada tras parada, la gente iba entrando cada vez más y más, y ocuparon todos los asientos. Yo iba con la cabeza apoyada en el cristal, y observaba reflejado en él a las personas que estaban a mí alrededor. A menudo, solía analizar a cada uno de ellos, imaginándome hasta rasgos de su personalidad, lo que me entretenía y divertía. Pero entonces no. Aunque los mirase fijamente, mi mente no los veía a ellos, sino que se imaginaba a ella. Volvían aquellos pensamientos a invadirme, y ni siquiera me importaba que la cara se me aplastase contra el cristal, como deformándomela. Y tampoco me intranquilizaba lo que la gente pensase al verme, con la cara pálida y con exagerados rasgos de tristeza. Me encontraba angustiado por mi propia desdicha al estar viajando en un transporte que no me llevaría hasta el destino que hubiese deseado. Prefería ir junto a ella, o, incluso, a una playa solitaria, donde olvidarme de todo y pensar en aquello que me inquietaba. Pero no. Me apetecía que saliesen lágrimas de mí, como la lluvia que estaba apunto de caer sobre la oscurecida ciudad, que parecía estar envuelta por encima por un manto grisáceo de nubes. Pero no pude llorar y, antes de que fuese posible, advertí que la parada en la cuál debía bajarme era la siguiente.(...)"