No hay para mí
Los niños transportaban sus cazamariposas y tarros de cristal en sus macutos. Ascendían hacia los primaverales valles, donde por esas coloridas fechas, suelen divagar seres inusuales. Todos querían llevarse un hada a casa, para cuidarla, alimentarla y que así ella iluminase con magia sus vidas de fantasía. Dicen que cuanto más cariñosa es la persona que protege al hada, más beneficiosa se convierte la suerte que esta le otorga.
Yo, era uno más. Mi interior albergaba tanto cariño que estaba seguro que no habría mejor lugar para un hada que en el tarro de mis emociones. No cabía duda de que mi fe en aquella magia se enriquecería mucho aquel día, cuando hallase ante mí el más sutil de esos seres volátiles.
Llegamos al lugar, y tardaron poco en acercase aquellas diminutas criaturas. Su vuelo era ligero y dócil, pero suave y calmado, como dejándose ser atrapada. Rápidamente, todos comenzaron a recogerlas con sus finas redes, y depositarlas en sus cristalinos frascos, para quedarse anonadados observándolas. Yo me quedé tan fascinado, que nervioso, no me aclaraba en cual coger. Enseguida veía el brillo de una al pasar, pero enceguecido, no daba pie con bola. Mis intentos eran inútiles. Me faltaba la destreza de algunos y los reflejos de otros. Mi corta estatura me hacía quedarme a centímetros de alcanzar alguna, y mis pequeños brazos me dolían de tanto estirarlos en vano.
Poco a poco fueron quedando menos, las que continuaban alzaban más su vuelo, haciendo más complicada su captura, siendo las hadas más misteriosas y especiales.
Yo quería una de esas, de las realmente únicas. Pero era algo imposible. Comenzó a soplar el viento de marzo, rugiendo fuertemente, y desviando mi objetivo. A penas podía aguantar firmemente el mango de mi instrumento, y aún menos dirigirlo. Mi frasco de cristal, agarrado bajo el brazo, cada vez se me hacía más pesado, vacío, llenándose de aquel pesado aire que, a propósito, me impedía mi más preciado sueño.
La últimas hadas, desaparecieron bajo las líneas de nubes que el aire parecía hacer bailar.
Mi párpado comenzó a hincharse, y noté la calidez de mi lágrima al recorrer toda mi cabeza, hasta salir por el costado de mi ojo. Pero al exhibirse al mundo real, se heló por aquel frío que también a mi me había congelado, quedando paralizado, débil y frágil.
El tarro de cristal que transportaba, fue pesando más y creciendo hasta convertirse en un recipiente gigantesco, donde indefenso ante el viento, fui depositado, como una extraña criatura, observada por los demás con asombro e incomprensión. Solo que nadie, quiso llevarme a casa con él. Y dentro de mi tarro, vi anochecer…
Gracias a que, mis lágrimas son secadas por otros seres como yo, que me hacen sentirme muy fuerte con todo ese cariño. Porque cuando las seco con mi brazo, sé a los diez segundos que toca volver a sentir… Pues estoy vivo… Muy vivo… Y eso, más que con palabras, con sentimientos lo puedo decir


1Escarabajos pensaron
te lo digo de verdad, a partir de ahora me voy a poner muuuuy muy plasta con este tema xema..lo quieras o no me voy a poner severa...tienes que escribir!! por diosss regala al mundo textos como este que para este es un fortunio! pero el mas afortunado eres tú, de poder sentir cosas tan reales, bellas humanas...y saberlas transmitir tan bien..es un milagro
enhorabuena con mi mas sincero sentimiento
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