Penas y Dudas (3ª parte y final)
(...) Había enfrente de mí un ser desconocido, de cuyo rostro parecían colgar larvas, y que ni siquiera se inmutó por mi presencia. Buscando identificar algo más “normal” a mí alrededor, vi una mujer que se acercaba a mí, y que, a diferencia del otro, sí que me miró con sus innumerables ojos. Luego, un hombre de pequeña estatura, se posó a mi lado y abrió un cofre del que salió un esplendor que me cegó, y lo cerró nuevamente antes de que pudiese ver su interior. Desconcertado aún, me giré e intenté salir por donde había entrado. Pasé las rojas cortinas de nuevo, pero me devolvieron a aquel extraño lugar. Ahora, dos mujeres desnudas se acariciaban, y sus dedos traspasaban la piel de la otra, como unos fantasmas. Un hombre con barba negra y gafas de sol me pareció ser el referente más humano que tenía cerca, y, cuando me acerqué a él lleno de preguntas que hacerle, me sorprendió con una sonrisa que lucía unos dientes más propios de un animal carnívoro que de una persona. No me atreví a mediar palabra, preocupado por las consecuencias que pudiese tener lo que hiciese. Ni siquiera sabía bien dónde ir ni cómo moverme, hasta que vi entre la multitud de aquellos seres la cabellera de la chica que me había conducido hasta allí. Con miedo a volver a perderla de vista, corrí hacía ella y posé mi mano sobre su hombro para retenerla. Se giró, y me alivió ver que poseía el mismo rostro que cuando me había besado. No supe qué decir, y fue suficiente el esfuerzo que hice para preguntarle quién era, aunque la pregunta me la podía haber callado. Estirando de su blusa, consiguió hacerme visible una profunda herida que tenía en el pecho y que, aunque parecía ser muy reciente, no sangraba y tenía un color azulado, como si comenzase a deteriorársele la piel. Mi miedo iba creciendo cada vez más.
Caminé desorientado por entre aquellas personas, mientras podía observar cabras que caminaban de pie, o el degenerado acto de hombres y mujeres (si era verdaderamente lo que eran) bañándose en un líquido rojo mientras se lamían. Aún peor fue no poder cegar mis ojos ante la asquerosa escena de un hombre comiéndose sus propios ojos, y a continuación ver como si de un fruto se tratase, le volvían a crecer. Quise gritar, golpearme y sacudirme hasta despertarme, pero no parecía ser posible abandonar un sueño cuando no lo era. Huyendo de aquello, busqué un refugio temporal, y acabé entrando en los aseos. Allí me pareció marearme cuando todos los azulejos, uno a uno, dieron la vuelta sobre sí mismos, como si las paredes solo estuviesen compuestas por ellos. Sentado sobre un lavabo, estaba un ser que parecía un montón de huesos cubiertos por una fina y un poco peluda piel oscura de tono rojizo. Con sus manos, de las que sobresalían largos y afilados dedos, sostenía unos botes de spray, con los que había escrito palabras pertenecientes a actos inmorales y propios de un demonio, que era lo que esa criatura me recordaba. Se giró y, al verme, abrió su boca luciendo unos colmillos que parecía que podían triturar una vaca entera con huesos incluidos de lo puntiagudos y fuertes que los tenía. Me dio un ronco gritó que casi consiguió que mi vejiga se vaciase rápidamente. Asustado, llegué hasta uno de los retretes, lo abrí y entre en él. Me senté y apoyé mi cabeza sobre mis brazos, mientras cerraba los ojos y rogaba a algún dios o ser divino que me sacase de aquel, nunca mejor dicho, infierno. La desesperación que me invadía era tal que comencé a llorar y casi a gritar, sin importarme que esto enfureciese a la imitación de diablo que suponía que continuaba afuera. Instintivamente, exterioricé todos mis sentimientos y me desahogué lo mejor que pude. Mis lágrimas, que habían estado presas dentro de mí todo el día, por fin eran libres y se deslizaban por mis mejillas hasta que las esparcía con mi mano.
Pasaron unos minutos y me sentí mejor, aunque aún estaba en aquella pesadilla que era tan real como las dudas y penas que había tenido todo aquel día. Después de toda la noche, me encontraba allí, en unos cuartos de baño de a saber donde, cuando comencé a desear haberme quedado en casa y estar tumbado en mi cama, aclarando mis sentimientos y añorándola. Me pregunté qué sería lo que ella estaría haciendo, si se acordaría de mí en ese instante. No me acordé en ese momento de nada más. Ni de Marta, ni de la muerta que me había llevado allí, ni de cualquier otra persona. Pensé en ella, y continué comiéndome el coco de nuevo hasta que mis ojos, cansados, se cerraron.
Oí golpear la puerta del cuarto de baño. Intentando protegerme de cualquiera de esos seres, había puesto el cerrojo a la puerta. No oía quien la sacudía y temí que fuese un diablo o algo semejante. Dudé por unos instantes y, casi de forma inconsciente, abrí la puerta. David se abalanzó hacía mi y me preguntaba si me encontraba bien, e incluso me abrazó, diciéndome lo desesperado que estaba al ver que no le abría. Miré afuera, y no vi los mismos lavabos que cuando entré, sino que estos eran los primeros en los que había estado. Marta y Rafa aparecieron también por la puerta y me preguntaban como estaba. Creí escuchar a Marta decir que estaba muy preocupada por mí. Intenté incorporarme y conseguir mantenerme en pie. Después de que todos parecían haberse calmado al fin, salimos de allí y David me prometía invitarme a una copa que nunca se serviría. No tenía muy claro que había pasado con aquel lugar y aquellos seres, si había sido todo una ilusión o realmente no había salido del primer retrete nunca. Aún así no podría saberlo nunca, pero si sabía que me había ayudado a dejar de lado mis instintos para guiarme, y al fin podía seguir al sentimiento que debía llevar el timón de mi mente. Y así le permití hacer cuando, llegando con los demás, me separé y dije a David que me encontraba cansado y deseaba marcharme. Este intentó seguirme y retenerme, pero acabé desapareciendo entre la multitud para que no me volvieran a ver en toda la noche.
Salí de la discoteca y caminé unas cuantas calles hasta llegar a una avenida donde aún circulaban algunos coches. Me senté en una parada de autobús donde esperé. Miré al cielo, donde la contaminación lumínica lo inundaba todo, y casi ni se apreciaban las oscuras nubes que, antes de que llegase mi autobús, comenzaron a retorcerse y hacer caer sus gotas. Subí al transporte nocturno, que curiosamente llevaba hasta la Avenida del Puerto, mientras buscaba una moneda en mi bolsillo con la pagué el billete. Me senté, y en el trayecto me quedé embobado mirando a la nada, deseoso de llegar.
Bajé del autobús, y caminé dirigiéndome hacía el lugar de donde provenía el viento que empujaba las gotas que poco a poco humedecieron mi cabello. Comencé a tener frío, pero eso no me detuvo, y en unos minutos llegué a la playa, donde me descalcé y anduve por la arena hasta estar a unos tres metros del agua. Me dejé caer derrotado, y cerré los ojos. Oía a lo lejos el sonido del aire al mover el mar, y me pareció escuchar unos pasos en la arena, que se dirigían hacía mí. Creí notar una delicada y fría caricia en mi mejilla, y sentí como se arrodillaba junto a mí. Querría haber abierto los ojos y que mi ilusión no se hubiese desvanecido, pero no iba a ser así. Siendo el único cuerpo tendido en aquel cielo de arena mojada, me pasé la noche pensando, aclarando mis dudas y temores como el amanecer lo haría con el temporal. Aquella noche debía reflexionar, al día siguiente ya tendría tiempo de actuar, y quizás, de llorar. Dentro de mí continuaba estando aquel sentimiento por el que debía de luchar.
Caminaba despacio, sin prisa, tomándomelo con calma, perseguido por el sol que había salido con muchas ganas de ofrecer a la ciudad un bonito día, que ojala lo fuese. Tardé poco en llegar a su casa, y respiré un par de veces antes de tocar al timbre. Vi mi reflejo en el cristal de la puerta, y me sonreí con ganas, contento de poder hacerlo y sin saber si lo seguiría haciendo las horas posteriores. No pasó mucho tiempo hasta que oí su voz en el telefonillo preguntando quién era.
-Elena, soy yo, Víctor.-Contesté rápidamente, impaciente por que abriese la puerta.
-¿Víctor? ¿Qué haces aquí?- Preguntó como si estuviese molesta, lo que realmente no era cierto, sino que era fruto de su confusión.
-Abre, por favor. Tengo que decirte que te quiero."
Pues ahí lo dejo. Espero que os haya gustado. Justamente ahora, cuando más melancolia me entra al leerlo es cuando tenía que publicarlo, por lo que haber esperado vale la pena. No gané, por supuesto, ya que no es un relato que reuna las características mínimas para ser seleccionado en un concurso, pero a mí me gusto, y me quede muy satisfecho, que era lo importante, pues era un relato que tenía pendiente. Lo dicho, que lo disfruteis con salud. Y un consejo: disfrutad del amor cuando aún no es correspondido, pues es la época más preciosa y de ensueño. Saludos.
Hkr0n1kl3z


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