Penas y Dudas (2ª parte)
(...)Cuando subí las escaleras y salí de la boca del metro, vi a David de perfil, no parecía haber cambiado en absoluto desde la última vez que lo había visto. Se giró y, nada mas verme, se acercó casi corriendo y me dio un fuerte abrazo. Le vi contento y sonriente, con los ojos casi cerrados como si los tuviera achinados, con un tono rojizo debajo de ellos y una sonrisa exageradamente estirada hacia los lados. Su rostro era el de un niño. Por ello, al verle con aquella expresa felicidad resultaba hasta adorable. Sin más prolegómenos, marchamos hacía su casa. Eran las ocho y cuarto aproximadamente.
Ya había estado alguna que otra vez en su casa, o mejor dicho, en el piso de sus padres donde el también residía. El piso era uno de esos en los que cuatro personas ya vivían ajustadas, pero en el que David y sus padres residían más o menos cómodamente. Lo único que se podría destacar negativamente era la cocina, que era una ratonera, y en la que los dos tuvimos problemas de movilidad cuando, calculando que tardarían sus amigos menos de diez minutos en llegar, comenzamos a hacer la cena. Antes de que yo llegase, aprovechando que tenía un supermercado debajo de casa, había comprado todo tipo de alimentos que gustan a los jóvenes: salchichas, panceta, patatas fritas y la fundamental bebida, en la que sobresalía la gran cantidad de alcohol.
Cerca de las nueve y media, llegaron todos sus amigos. En un primer vistazo, no me pareció que fuese a ser gente con la que no pudiese relacionarme. Eran seis, y me los fue presentando aleatóriamente, es decir, los que más cerca tenía antes: Marta, Rafa, Fernando, Carlos, Sandra y Ana. No podría decir que nadie me chocase desde un principio, sin embargo de las chicas, Sandra y Marta me agradaban físicamente, ya que sus rostros eran bonitos, sobre todo el de la última, de la cual me encantaba el piercing que llevaba en el labio inferior.
Las botellas de cerveza comenzaron a ser destapadas mientras el anfitrión sacaba la cena. Algunos comenzaron a picotear, y Rafa, que como ya me había dicho David era su mejor amigo de toda la vida, puso en el equipo de música un disco de un grupo de rock español que yo no conocía demasiado. Algunas de las conversaciones que mantuvimos en la cena se centraron en mí, normal, si se considera que era un intruso en aquel círculo amistoso. A mi lado tuve todo el rato a Marta, que fue quizás con la que más hablé y simpatía cogí. Me dio tiempo a fijarme en sus ojos, que, aunque en un primer análisis no me había detenido en ellos, descubrí que eran preciosos. De un color gris claro, me recordaban a aquellas nubes que en un día soleado parecen alertar de un cambio climático y en las que se pueden divisar diferentes formas.
Acabamos de cenar y yo me senté en un sofá que había enfrente del televisor y a mi lado se sentó Marta, cuya compañía acepté de buen agrado. Empezamos a acercar el alcohol hasta nuestros asientos, y de las cervezas pasamos al vodka y al güisqui. Entre cubata y cubata, la charla con Marta y los demás se hizo más y más amena, y ahora era yo quién podía descubrir cosas sobre ellos: Rafa trabajaba en el taller mecánico de su padre, y le encantaban los coches. Por su parte, Carlos llevaba dos años trabajando como cartero mientras se dedicaba a su amada novia, su guitarra. Había fundado un grupo de rock junto a unos amigos entre los que se encontraba Fernando, que a su vez trabajaba en una pizzería como repartidor. En cambio, las tres chicas eran universitarias, como yo. Ana estaba en la Facultad de Historia, mientras que Sandra y Marta eran compañeras en la carrera de Bellas Artes. Dijeron de Marta que tenía el don de crear las mejores caricaturas, a lo que le pregunté si algún día me haría una. Ella aceptó enseguida, ya que eso significaría que nos volveríamos a ver, lo que quería que ocurriese. También me contó muchas historias, lo que hizo que pronto me pareciese que la conocía tanto como a una vieja amiga.
Sin que en nosotros estuviese presente la noción del tiempo, pasaron un par de horas y, cuando nos dimos cuenta, las agujas del reloj de pared marcaban la una menos cuarto. No sé quién fue, pero lo importante es que alguien propuso la idea de abandonar la casa de David y marcharnos a alguna discoteca de los alrededores. A mí la idea no me agradó demasiado, porque en una discoteca no podría continuar la conversación que mantenía con Marta por culpa del molesto volumen al que estaríamos sometidos. Pero fui el único que se opuso a esta decisión, y en menos de cinco minutos todos habíamos salido de la casa rumbo a la discoteca, que no estaba más allá de unas diez calles. El hecho es que tardamos unos quince minutos en llegar, y no había demasiada cola, por lo que enseguida entramos. Fuimos sin pararnos hasta la barra, donde cada uno nos pedimos un único cubata para el resto de la noche, ya que ya íbamos bastante cargados. Recuerdo que me lo bebí rápidamente y, después, sentado en uno de los largos sillones que había a los lados de la barra, lejos de la pista, me entretuve derritiendo los cubitos de hielo en mi boca mientras a penas escuchaba las conversaciones que mantenían Carlos y Fernando, que eran junto a mí los únicos que no bailábamos. Marta se separó del grupo que estaba en la pista y se nos acercó para intentar convencernos de que saliésemos a bailar. Los otros dos se negaron, pero ella se empeñó en que fuese yo quien la acompañara, hasta que me condujo hacia el centro de la discoteca, donde todos parecían oscilar por la fuerza proveniente de los gigantescos altavoces.
Nuestros cuerpos se movían conjuntamente. Yo intentaba imitar desastrosamente el ritmo que ella marcaba, sin estar muy seguro de si bailaba correctamente. Al principio lo llevaba bien, pero luego comencé a sudar y, poco a poco, me fui encontrando mal por culpa del esfuerzo continuo y el alcohol que se empezaba a revolver en mi interior. Pero pareció calmarse cuando noté mas cerca el cuerpo de Marta, y con su cabeza posada al lado de la mía, su aliento golpeaba contra mi cuello como una suave brisa. De repente, la bola de metal de su piercing chocó contra mi oreja y luego descendió, lo que me producía un escalofrío interior. Su lengua estaba lamiendo suavemente mi cuello, y comenzaba a estar excitado cuando noté un sentimiento contradictorio que me hizo, tras disculparme, ir corriendo hacia los cuartos de baño.
Me maldecía una y otra vez mientras, arrodillado, expulsaba todo el alcohol ingerido durante la noche. Luego me limpié con un pañuelo, cuando entró por la puerta una desconocida que me miró, se agachó y sin que me diese tiempo a comprender nada, me besó. Todo fue tan rápido que ni pude reaccionar. Sus labios estaban ardiendo como en llamas, pero el aliento que me transmitía en el beso era frío como el de una muerta. Únicamente alcancé a mirarle los ojos, negros como el tizón. Me tuve que apoyar en el suelo con ambas manos para no caerme, hasta que ella separó sus labios de los míos. Comencé a pensar qué decir, pero no me sirvió de nada, porque, sin dar ninguna explicación, se levantó y marchó por la puerta por la que había entrado. Confundido, sin saber muy bien qué hacer, seguí mis instintos y me levanté y la seguí. Miré hacia los lados, y caminando por un pasillo localicé su larga melena, la cual perseguí, hasta que desapareció a la derecha. Llegué y vi una puerta cerrada, la cual abrí y entré. Atravesé varías capas de cortinaje en el que creía que me perdería enredado, y, cuando me salvé de aquella especie de telaraña, mis ojos parecieron ser inundados por el alcohol, y, sin poder dar crédito a lo que veía, estuve a punto de gritar aterrorizado.
(...)


0Escarabajos pensaron
Publicar un comentario
<< Home