Penas y Dudas (1ª parte)
Después de tres meses, me dispongo a publicar aquí el relato que envié apra un concurso (que por supuesot no ganó). Por cosas del "azar", he deicidido publicarlo, ya que creo que es el momento de ahcerlo. La historia no me gusto demasiado, pero lo suficiente sí, ya que era de un máximo de 10 páginas... Pues aquí esta la primera parte, espero que lo disfruteis...
"La desesperación es un sentimiento que, cuando te inunda, consigue aprisionarte tanto que comienzas a vaciar lo que llevas dentro para no ahogarte: la rabia contenida, algunas lágrimas inquietas, unos cuantos llantos temblorosos e incluso unas estúpidas e inexplicables carcajadas que reflejan tu inestabilidad emocional. Y cuando lo has expulsado todo, descubres que algo se ha quedado dentro, amarrado a tus entrañas, encadenado en lo más profundo de tu pensamiento y que no quiere salir. Y entonces, es cuando te das cuenta de que es el sentimiento más importante que tienes y que, por mucho que te empeñes, no lo vas a poder borrar.
Por fin abrí los ojos, para volverlos a cerrar. Me costó aún más mantenerlos abiertos de nuevo y, una vez consciente, lo primero que hice fue estirar el brazo y buscar con la mano ese aparato al que hacía unos años no veía utilidad y del que hoy en día soy un esclavo más. “Ninguna llamada recibida” fue lo primero en lo que detuve la mirada, y, posteriormente, miré la hora que indicaba que al sol únicamente le quedaba la otra mitad de su vida. Aunque ¿qué importancia tenía que fuese mediodía o de noche? No me importaba levantarme; no tenía un motivo para hacerlo ya que no me había llamado quien yo deseaba que lo hiciese. ¡Qué triste!
Pero como no tenía sueño, me levanté y aclaré mi rostro con agua. Fui al comedor y encendí el televisor, mientras con el mando ponía uno de esos canales autonómicos en el que por suerte, emitían en ese momento un video musical de mi agrado. Pero, tumbado en el sofá, no le presté atención. Senté mi cabeza sobre un cojín y enfrente de ella coloqué el teléfono móvil. Decidí hacerle una llamada perdida para comprobar si me la contestaba. La noche anterior había sido un momento muy tenso y la situación cada vez se complicaba más. Lo que días atrás había sido como siempre, una especie de juego de seducción, de palabras que medio ocultaban mis sentimientos y, quizás, también los suyos, ahora había madurado hasta ser un complicado rompecabezas en el cuál no se puede rectificar. Cada palabra que salía de mi boca tenía que haber sido minuciosamente elaborada ya que, con cualquier error, me podría abrasar en el más doloroso de los fuegos. Y es que ahora ya sabía que ella era más o menos consciente de mis sentimientos y, posiblemente, también de mis intenciones, para nada impuras. Aunque la cuestión que más me formulaba era: ¿Y ella qué? ¿Qué era lo que pensaba Elena respecto a mis sentimientos? ¿Cuales serían los suyos hacia a mí? Estas dudas revoloteaban dentro de mi cabeza como una avispa, cuyo molesto zumbido comenzaba a hacer que me entrase jaqueca.
Observaba inquieto ese objeto que me servía como mensajero y desde el que hacía poco le había enviado una señal de ayuda. Contaba los minutos que pasaban desde que había efectuado la llamada, los que relacionaba con pensamientos que me recordaban a ella:
“Un… día desde que la vi por última vez.
Cinco… el mes en el que estamos.
Ocho… el día en que me la presentaron.
Diez… los meses que hace que la conozco.
Trece… las veces que repito su nombre antes de dormir.
Quince… las canciones que me la recuerdan.
Dieciocho… las velas que aparecieron en mi última tarta de cumpleaños.
Diecinueve… sus preciosos añitos.
Veinte... Veintiuno… ¡Por fin!”
Finalmente sonó esa cutre melodía que, inexplicablemente, me puse un día aburrido en el autobús y que aún no había cambiado. Suspiré y sentí como un leve alivio entró en mí fugazmente. Pero, cuando comprendí que no significaba nada, que únicamente me la había contestado quizás por cortesía o porque se aburría, resignado, dejé el móvil en la mesa y fui a la cocina a hacerme la comida. Bueno, realmente mi madre me la dejaba preparada cada mañana, lista para calentar y comer. Ese día tenía una deliciosa lasaña, que mi madre se había pasado toda la tarde del día anterior cocinando, y cuyo trabajo siempre pensaré que no le sale rentable. Metí el plato en el microondas, lo puse unos cuantos minutos a calentar y me volví al comedor a esperar.
Al acabar, tuve que tumbarme para reposar, o acabaría explotando y llenando la televisión de vísceras y carne picada con bechamel. Embobado mirando la famosa caja tonta, de vez en cuando, mi ojo se perdía y acababa echándole un vistazo al móvil. Pensé en llamarla para quedar con ella, idea que examiné y me imaginé sus posibles consecuencias. Luego pasaba uno a uno todos los números de la agenda del teléfono, hasta llegar al suyo donde me paraba, y volvía a repetir la acción, una y otra vez, hasta que mi mente, en un arranqué de valentía o algo parecido, me hizo parar en su número y darle al botón verde de llamar mientras me lo acercaba a la oreja. Cuando los primeros tonos sonaban, me fui poniendo un poco nervioso y comencé a temblar, pensando que me iba a poner a tartamudear. Pero no, cuando me contestaron al móvil, lo que ocurrió es que me quedé helado al oír una voz masculina que en un principio no reconocí.
-¿Víctor? ¿Víctor? ¿Eres tu tío?- Me contestó alguien que claramente me conocía. Pronto me di cuenta de quien se trataba y de mi error. Por suerte o por desgracia, me había equivocado al seleccionar el teléfono en la agenda, y había escogido el de arriba, el de David, un viejo compañero del instituto. Quise colgar, pero haberlo hecho habría sido un acto descortés.
-¿David? ¿Qué pasa trompo?- le saludé improvisadamente. Trompo era su apodo del instituto, que si no me equivoco, le pusimos por su manía de hacer virguerías con su motocicleta.- ¿Qué es de tu vida?
-¡Buah! ¡Pues muy bien, aquí estoy que acabo de salir del curro!- contestó eufórico con su típico lenguaje de adolescente inmaduro que nunca cambiará. David me sacaba tres años y habíamos coincidido en el último curso del ciclo de la ESO., que acabamos juntos y desde el que accedió a uno de esos grados medios profesional. Comenzamos una conversación corta pero extensa en temas, y acabó explicándome que al día siguiente no trabajaba y pensaba salir esa misma noche con unos amigos, gente que definió como muy simpática y agradable, para tomar unas copas en su casa y luego ya se vería. Me pidió insistentemente que le acompañase, que le hacía mucha ilusión verme. Sabía que no era mentira, pero me intenté escaquear con típicas excusas como que tenía que estudiar y estaba muy casando ya que había salido la noche anterior. La última no era mentira del todo, pero la primera se la tuvo que tomar a risa porque habíamos acabado las clases y no me había quedado ninguna asignatura pendiente para septiembre. Continuó utilizando varios argumentos, o mejor dicho, reproches para que acabase cediendo inexplicablemente. Aunque sí tenía explicación. Pensé que tomar un poco el aire con compañías diferentes a las habituales me sacaría de aquel estado depresivo en el cual me encontraba inmerso. Además, me había propuesto repentinamente el objetivo de olvidarla, y también el de conocer nuevas personas.
Enseguida que le di al botón de colgar, me dirigí a mi cuarto a revisar mi armario. Había decidido vestirme con algo formal pero práctico. Ni se me pasó por la mente la idea de que no fuese a llevarme bien con aquel grupo de amigos, posiblemente porque me considero una persona muy extrovertida y abierta. Entré en la ducha. Me enjabonaba mientras imaginaba como iba a ser aquella noche, que gente iba a conocer, etc. Ni siquiera pensé en Elena por un momento. Ojala la hubiese olvidado por lo que quedaba de día.
De camino a la parada del metro, que no estaba muy lejos de mi casa, compré unas cuantas cervezas. Cuando llegué, pasó poco tiempo hasta que apareció el metro que esperaba. La estación era una de las primeras de aquel trayecto, por tanto, este transporte permanecía casi vacío y alcancé a sentarme. Parada tras parada, la gente iba entrando cada vez más y más, y ocuparon todos los asientos. Yo iba con la cabeza apoyada en el cristal, y observaba reflejado en él a las personas que estaban a mí alrededor. A menudo, solía analizar a cada uno de ellos, imaginándome hasta rasgos de su personalidad, lo que me entretenía y divertía. Pero entonces no. Aunque los mirase fijamente, mi mente no los veía a ellos, sino que se imaginaba a ella. Volvían aquellos pensamientos a invadirme, y ni siquiera me importaba que la cara se me aplastase contra el cristal, como deformándomela. Y tampoco me intranquilizaba lo que la gente pensase al verme, con la cara pálida y con exagerados rasgos de tristeza. Me encontraba angustiado por mi propia desdicha al estar viajando en un transporte que no me llevaría hasta el destino que hubiese deseado. Prefería ir junto a ella, o, incluso, a una playa solitaria, donde olvidarme de todo y pensar en aquello que me inquietaba. Pero no. Me apetecía que saliesen lágrimas de mí, como la lluvia que estaba apunto de caer sobre la oscurecida ciudad, que parecía estar envuelta por encima por un manto grisáceo de nubes. Pero no pude llorar y, antes de que fuese posible, advertí que la parada en la cuál debía bajarme era la siguiente.(...)"


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