Drogado en un pub....
Brillan tímidamente las estrellas en el profundamente oscuro cielo. Las calles murmuran, ya que es sábado, los pregoneros nocturnos anuncian silenciosamente que el día siguiente será domingo, día de descanso para los trabajadores, día de resaca para los vividores. Mientras, los míos y yo (mis amigos quiero decir), tras haber deleitado nuestros cuerpos con las más refinadas drogas blandas, tras haber saboreado los licores menos esplendorosos y más vulgares, tras haber abierto nuestros ojos a la noche, nos dirigimos hacía el lugar de siempre, a descansar, reflexionar y conversar. El pub de siempre. Su misma entrada que no ha variado en sus años de existencia. La puerta de madera, rasgada por debajo por su largo desgaste. Nada más abrirla, puedes ver toda una primera sección del pub abarrotada. Cualquier otro día de la semana, a esas horas de la madrugada, este local estaría cerrado o con únicamente dos viejos sentados en sus respectivos taburetes y tomando la última, pero es sábado. El local esta lleno de adolescentes, gente joven y también de gente más adulta, cada uno bebiendo de su vaso o jarra, conversando o observando, jugando al billar o al futbolín, algunos sobrios otros más embriagados que nunca. Caminas por esa especie de pasillo, división de las mesas y la barra, entre esa multitud de gente, que en verdad no son mas que un par de docenas, caminando y disimulando un poco tu embriaguez absoluta, o casi. Voy delante de alguno y detrás de otros de mis amigos, pero, al llegar a ese arco que va a la otra parte del pub, donde se encuentran la mesa de billar y el futbolín, cambio de rumbo y empujo la puerta que hay a la derecha. Bajo por las escaleras, sin problema alguno aún en mi estado. Camino recto, mirando la puerta que hay al final de ese largo pasillo. Ese pasillo tan siniestro, como si se tratase de una cueva, con sus paredes en forma de rocas, con su techo agrietado. Me enamoré de ese pasillo hace años, y aún no comprendo qué veo en él. Entro en el cuarto de baño de hombres (para concretar si hace falta), y hago lo que tengo que hacer en el inodoro. Luego, tras cerrarme la cremallera y asearme un poco la vestimenta, me limpio las manos. No puedo verme en el espejo ya que no existe, y únicamente veo mi reflejo borroso en los azulejos. Necesitado de ver mi aspecto, me asomó al de las mujeres, doncellas o damas, y compruebo que lo que creía era cierto, en el hay espejo. Un espejo normal, sin nada más que añadirle, en el que me encuentro. Veo mi cara, mi torso vestido con un suéter negro, encima de una camiseta negra de manga langa con estampado rojo, y con una de manga corta roja debajo. Esa noche, tras haberme vendido a los vampiros, tras haber cambiado de bando, había salido de oscurito, de señor de la noche, señor de los placeres más oscuros y de los vicios más codiciados y perversos. Veía mi rostro y me retorcía de placer. Amaba verme así, incluso, aún siendo lo más raro que podía ocurrirme, me veía bello, precioso para ser quien soy. Mi cabello perfectamente peinado por el viento y mis ojos con pinceladas brillantes de placer en ellos, reflejando mi ira más perversa y mis sueños más depravados que ahora estaban siendo alcanzados por mis pequeñas garras. Tras retocarme un poco, y ver mis pupilas más relucientes que nunca, volví por donde había bajado, subí las escaleras y fui a la rápida búsqueda de mis compañeros nocturnos. En mí, sentía la manifestación del más fuerte éxtasis nunca ingerido, que sin haberlo probado, nació dentro de mí, y controla mi cuerpo desde que te probé, será que tú me lo hiciste ingerir sin que me percatara. Sin pronunciar casi palabra alguna, me senté donde todos, y mientras se preocupaban de lo suyo y de sus conversaciones establecidas, yo miraba mi entorno. El haber bebido me había despertado, y aceleraba mis pensamientos, mis ideas, mis creencias, mis sueños. En aquella especie de sala, llena de mesas y sillas a mis espaldas, y enfrente mío, las dos mesas de juego ya mencionadas antes. Miré hacía arriba, y allí unas pequeñas luces provenientes de una especie defocos, iluminaban levemente la sala, lo mínimo para poder verlo todo, pero sin ver claridad alguna. El techo estaba lleno de grietas e imperfecciones. Parecía que el techo fuese piel y se desprendiese de ella. Luego, contemplé el futbolín, donde unos jóvenes de menor edad a la mía, jugaban y reían según el momento. Los conocía, pero ni siquiera pensaba en ellos, y sin parar la atención en ellos, pasé a contemplar a mis amigos. Vi a algunos muy serios, otros charlando como si nada, y algunos más alegres. Vi a mi mejor amigo, luciendo sonrisa por alguien, y eso me alegro a mí. Pero luego, tras ver eso, vi más detenidamente la mesa de billar. No había nada que a cualquiera le fuese a llamar la atención, pero para mi si lo había. Una pareja, en momento de cariño, se besaban cogiéndose por la cintura, suave, pero ardientemente, sin percatarse de que el taco se caía al suelo o de cómo los demás que habían allí los miraban con únicamente uno de sus ojo. Solamente sentían aquel beso, y yo, sin ser un pervertido por mirarles, sentía ese éxtasis gritar fuertemente en mi que se sentía vacío. Necesitaba más drogas para sentirse lleno y satisfecho. Pensé en cada uno de mis antiguos pensamientos, aquellos que mantuve mientras fielmente mataba a decenas de vampiros, y luego, una lágrima recorrió mi corazón mientras pensaba en escribir este post. Luego, tras marcharse, de forma extraña, algunos de los amigos que más perduran en las noches, bajamos al cuarto de baño, a saciar la sed de mi éxtasis, y a visitar a la no muy dulce vampiresa, que me esperaba con un cáliz recargado, para tenerme contento y complacido de mi elección pasada, pero, muy dentro de mi, ahora dudaba, mi caza-vampiros gritaba al compás de tambores y trompetas de guerra, exigiendo luchar, no rendirme al placer no deseado, sino luchar por las lagrimas esperadas, pero elegí aquel cáliz para olvidar y quedarme sordo ante aquellos gritos. Luego ya no recuerdo más de estar sentado en aquel pasillo que tanto amo, donde mil pensamientos rápidamente generados, se perdieron sin poder ser guardados en mi ebria mente. Quizás, otra vez será.
Pacto roto en sangre
El entrecortado aire que chocaba en mi cara y mareaba mi cabello era húmedo. La carretera, bañada por las recientes lluvias primaverales, desprendía más fuertemente el olor a asfalto. Los coches, al pasar por allí, se deslizaban con más cautela a causa del peligro de accidente que provocada la resbaladiza carretera. Permanecía mirando de frente la carretera, sentado encima del respaldo del banco, totalmente quieto. El único movimiento que mi cuerpo era el de cerrar los ojos y volverlos a abrir, mirando cada vez con más detenimiento lo observado. Solo me concentraba en observar, ni siquiera me preocupaba que no estuviese respirando y la dificultad que tenía para respirar producida por el encharcamiento de mis pulmones y corazón, producido por las lágrimas de las penas guardadas dentro, sin haber sido expulsadas en su debido momento. Mi mirada observaba lo que alrededor sucedía: los coches yendo cada uno por su carril correspondiente; las personas caminando, realizando así su trayecto deseado; la gente entrando o saliendo de los pisos que estaban al alcance de mi vista,... Una joven caminó hasta la parada del autobús donde yo también esperaba, y se detuvo. Permanecía allí, tan inmóvil que a mis ojos no les dio ninguna dificultad a la hora de observarla y fijarme en ella: era una chica común, de unos catorce o quince años, es decir, una adolescente más. De piel clara y blanquinosa como la leche, pero de aspecto menos puro que el de su color de piel. En sus oscuros ojos drogados, brillaba la maldad y crueldad de un ser despreciable. Su cuerpo, común pero inevitablemente voluptuoso aún así, era cubierto por una vestimenta de lo más normal en jóvenes de su edad: Una diminuta camiseta blanca debajo de una chaqueta vaquera negra y unos pantalones ajustados de un color verde llamativo. Sus labios, recién pintados, cubrían una sonrisa maliciosa que podía prever sin ni siquiera imaginármela. Su cabello era lo más bello de ella. Largo y oscuro, un cabello muy común en las adolescentes pero simplemente precioso y de apariencia suave. Su aspecto la describía perfectamente como una adolescente sin vocación ni sueños, probablemente adicta de drogas duras y su pureza había sido marchitada y manchada hacía ya mucho tiempo. Era una joven común, pero había algo en ella que despertaba una extraña sensación de intriga, de atracción. Sin duda, algo me decía que aquella vulgar chica no era una persona más, sino que era diferente, es decir, algo me indicaba que ella era o tenía algo de vampiro. Quizás fuese su mirada, su boca que me insinuaba que debajo de ella se ocultaban colmillos recién afilados, o su piel clara y su oscuro cabello. Algunas veces su mirada se cruzaba con la mía en mi detenida observación, pero después de disimular un poco como si solamente la hubiese mirado de refilón, volvía a continuar a inspeccionarla, detenidamente, intentando no dejar ninguna característica o curiosidad sin ser descubierta. Parecía inquieta, desesperada esperando la llegada de algo o alguien, posiblemente el portador de la droga que inconscientemente su cuerpo le pedía gritos. Deje de mantener mi mirada fija en ella para volver a observar los coches pasar. No llego a pasar demasiado cuando un coche se detuvo al costado de ella. Un coche de modelo no muy reciente, negro y con algún desperfecto o rasguño destacable. Por la ventanilla abierta del conductor, se podía divisar a un chico, ya mayor de edad. Su visible aspecto era de lo más normal en gente de su clase social: Arreglado, con el pelo corto y en punta, gafas de sol de cierta marca moderna y una diminuta perilla, con la que supongo que se intentan hacer más interesantes. La chica se acercó a la ventanilla y comenzó a hablar con el sujeto, luego, tras una leve conversación o, más bien, planificación de lo que se va a realizar, ella se dirigió al otro lado para sentarse en el asiento del acompañante. Mientras, miré detenidamente al chico, el cual abrió la boca para sacar algo de ella, un chicle, y tirarlo por la ventanilla. Su boca abierta fue una revelación a mis dudas. Sus afilados colmillos eran la prueba de mis sospechas, por lo cual la chica era vampiro y este chaval era posiblemente el que la había convertido en ese ser que tanto desprecio. No dude, ni siquiera pensé. Saqué rápidamente un bolígrafo de mi mochila y lo tiré cerca del coche, simulando una torpeza y acercándome a la parte posterior de este a recogerlo. Rápidamente, sin ni siquiera tomar tiempo para respirar, busque en el bolsillo interior de mi chaqueta una especie de pequeña cantimplora, cuya capacidad de almacenamiento es del tamaño de una pelota de tenis. Esta estaba llena de una tinta oscura, y tenía una pequeña grieta en su cierre, por lo que en bruscos movimientos como los del coche al moverse, permitiría que el líquido escapase, así dejando marcado el camino realizado por ellos. Una vez pegado esto al coche gracias a un imán que tiene, retrocedí hasta el banco y me volví a sentar. Ellos se marcharon pendiente arriba, y yo, inquieto y con ganas de desahogar mis penas con ellos, permanecí en el banco apenas tres minutos antes de ir siguiendo las huellas hasta encontrar donde permanecían. La chica, con la cual me había cruzado alguna vez sin fijarme demasiado en ella como había echo esta vez, tenía que vivir no muy lejos y supuse que era allí a donde iban. La tinta que se había caído, se marcaba en el cuelo y se mezclada con los pequeños charcos que habían, causados por las lluvias recientes provocadas por ennegrecidas nubes que aún cubrían aquel triste cielo. Así las manchas seguían un camino recto, pero que se detenía para meterse en una calle sin salida. Allí, al final de aquella calle, estaba aparcado el coche del chaval, y no era muy difícil deducir donde habían entrado, ya que era una diminuta calle, encima que solo tenía como salida por donde habían entrado. Miré los edificios, pequeños pisos, todos iguales y sin nada que destacar en ellos. Localicé rápidamente una ventana, cerrada pero no demasiado, lo cual significaba que había personas, y además aquel día ellos podían permitirse el lujo de no tener que cerrar totalmente las ventanas, ya que ningún rayo de sol se escapa entre aquel muro de nubes que cubría aquella localidad en la que resido. No era más que un primer piso, así que puse ambos mangos de mi ligera mochila en mis brazos, y agarrándome fuertemente a una cañería del edificio, comencé a trepar suave pero decididamente hasta un balcón del edificio, y apoyado en la barandilla d este me pude asomar a la ventana que estaba entrecerrada. Principalmente pude ver una silueta verticalmente situada, encima de la cama. La habitación estaba completamente oscura, y fue así que me costo visualizar otra silueta tumbada en la cama. La silueta vertical se movía bruscamente encima de la otra, intuyéndose claramente la realización de actividades sexuales. Permanecí observando, como si fuese un mirón salido más, esperando a algún cambio, que se realizó: el chico, que era la silueta tumbada, puso a la chica tumbada esta vez y el se coloco inclinado encima de ella, con la típica postura de soldado. Sin escatimar más en los detalles sobre la sesión de sexo que ambos estaban realizando, iré directo al caso:
Volví al balcón en el que me estaba apoyando, y abrí la mochila, rápidamente saqué los tres objetos que esta contenía: una libreta, la cuál claramente no utilizaría; una diminuta daga que escondí en mi cintura, debajo de mi camiseta; y por último, una katana de pequeño tamaño, cuya funda le quité y tiré cerca de la mochila. Con la katana en una mano me agarré a la barandilla y subí en ella, luego, acerqué uno de mis pies al bordillo de la ventana, y como encima de esta habían una serie de tubos por los que pasaba en alumbrado, me cogí con precaución a ellos y con la ayuda de la suerte, ya que la agilidad no es lo mío, quedé arrodillado delante de la ventana, y haciendo fuerza con mis brazos para colgarme de los débiles tubos, le pegue una patada a la ventana y sin siquiera dejar tiempo para que los cristales cayeran al suelo ya me había precipitado rápidamente en la habitación, y nada más tocar el suelo, moví el brazo hacía atrás y con un movimiento recto de atrás a adelante, atravesé la espalda del sorprendido vampiro, perforando de pleno su corazón, ya que mi instinto localizador de ese órgano sin verlo no me suele fallar. Saqué mi espada de aquel cuerpo mientras este se iba fraccionado y convirtiéndose en fina ceniza que se llevaba el viento que entraba por la recién abierta ventana. Con mi katana liberada de nuevo, fui a por el otro ser vampiro que quedaba en la habitación, y que claramente no se trataba de mi persona. Esta, histérica y llena de miedo, se movía hacía atrás, mirándome con el miedo en sus ojos que me suplicaban clemencia. En su desesperada intención de salvarse del tener que ser destrozada por mi espada, se tiró al suelo al suelo, y acurrucada busco algo con que defenderse en la mesita que tenía al lado. Lo único que llegó a alcanzar fue una copa, un pequeño cáliz dorado el cuál contenía sangre. Me ofreció aquel cáliz del que hacía unos minutos habían estado bebiendo ella y aquel chico, uno más de los amantes que me imaginé que tenía la pequeña joven desinhibida. De repente, mientras ella cerraba los ojos mis ojos igual que mi mente solo miraban aquel cáliz, y mis cuestiones se generaron en mi mente, causa de lo vacío que se había quedado recientemente mi corazón. ¿Por qué seguía matando a aquellos seres?, ¿Por qué continuaba matando a aquellos vampiros que ni siquiera me habían echo nada, cuando aquel juramento ya no tenía sentido?, ¿Por qué iba a matar a una vampiro más, si ya no tenía por quién hacerlo?, ¿Por qué hacía algo que ya no me llenaba nada, si mi corazón ya estaba vacío? Mi corazón, desgastado por aquellos malos tiempos, no sentía satisfacción en aquel acto. Ni siquiera desatar mi ira con aquellos seres producía sensaciones de placer en mí. Me fije en aquella chica, desnuda, no me atraía pero aún sí, ¿qué me impedía perdonarla?, ¿cuál era la causa para seguir con aquella matanza? Ella, impaciente y extrañada por no haber recibido muerte aún, abrió suavemente los ojos y me contemplo. Sus ojos se fijaron en mí, y su temor a la vez que su incomprensión hacia mí eran escritos en sus débiles miradas. Mas fue su incomprensión cuando le agarré aquel cáliz que aún agarraba con sus manos, antes de que este fuese derramado, y lo dirigí hacia mi boca. Ya era hora que aquel néctar que traía locos a mis más fieles enemigos también fuese probado por mi gusto. Apoyé en miss labios y bebí de aquella sangre cuya procedencia desconocía. Me deleité con aquel sabor, y luego tragué. Ella, dudosa, se levanto y como obligada por la situación, se dirigió temerosa hacía mí, como ofreciéndome a ella misma. Busco mis labios, como para después de beber aquella sangre tuviera que besarme para complacerme y así, que yo le perdonase la vida. Me abrazó y sus labios chocaron contra los míos, los abrió y cerro como comiendo desesperadamente de ellos aúna desgana, pero ni siguiera me moví. Ni la abracé yo ni casi moví mis labios, solo la dejé hacer, como inconsciente de que me besaba y de lo que hacía, como si solo quisiera que ella hiciese lo que hacía y así sentirme superior. Aquel beso no llenaba mi corazón para nada, pero me hacía no pensar en otro par de ellos, únicos y que ahora eran casi opacos a mi mente, borrosos en mi memoria y olvidados motivos pasados por los que estaría destrozando con mi espada el corazón de aquella vampiro, me dejé deshacer por el único placer que sentía al pensar que ahora nuevos motivos me llevarían a actuar de forma diferente a la de siempre. Ahora, me besaba con uno de los seres pertenecientes a la raza que más odio desde mi marcada infancia, y aún así ninguna voz de la conciencia hablaba en mi interior, solo se podía oír a gritos las risas de mí ser más maligno, recién despertado y ya en lo más alto del dominio de mi mente…
Noche tras noche.
Me despierto ya al final del medio día. La tarde ya comienza a nacer, mientras yo me despejo. Un día más no he podido ver el sol en las primeras horas desde su salida, y es porque me he acostado tarde una vez más. Otra noche más me he acostado durante las últimas horas de la noche, y es que esta es mi compañera. La noche es mi hermana, con la que salgo durante las primeras horas del nuevo día, o con la que simplemente hablo abrazado al lápiz con el que dibujo sombras a petición de ella. Vivo con mi hermana nocturna, ambos nos embriagamos del mismo licor, y ambos nos dejamos abrazar por el suave aroma que desprende tu piel, por el delicado cosquilleo que me produce tu piel rozando la mía. Anoche volví a salir. Recién duchado, con el cabello aún húmedo, y vestido con las prendas más simples y oscuras que tenía en el armario, rociado con uno de los perfumes que permanecen al lado de la pila. Baje por el mismo camino que siempre, pendiente abajo. Caminando igual que una sombra, me deslizo por las calles del diminuto pueblo en el que resido. Mi corazón, una noche más, me impide marcharme a casa, aunque el aburrimiento reine en el ambiente, porque la oscuridad me lo impide, me atrae demasiado el quedarme observando el oscuro cielo y pensar en que me das un diminuto beso en la mejilla, el cual me hace arder y arder, quema mi piel y deja una oscura marca con la que me reconozco como tuyo. Tu no puedes caer en mis brazos, ya que yo ya lo he hecho en los tuyos, y permanezco en ellos así, quieto y silencioso, murmurándote mis mil amores mientras miro la oscuridad con la que mi hermana Noche inunda todo, y lo llena de sombras, de las cuales yo me siento uno mas. Una sombra que te persigue, como si fuese la tuya propia, pero que te protejo y luego, te susurro al oído porque te he protegido, porque me he dejado dañar por ti, y es porque no podría vivir sin mirar tu cara una y otra vez, con vergüenza o sin ella, pero siempre con la más linda de mis caricias te demostraría cuanto te quiero. Ahora voy a permanecer aquí, una tarde más pensando en ti, para luego salir esta noche, a rendir cuentas con mí hermana y brindar con un amargo licor por tu incierto amor.