Pacto roto en sangre
El entrecortado aire que chocaba en mi cara y mareaba mi cabello era húmedo. La carretera, bañada por las recientes lluvias primaverales, desprendía más fuertemente el olor a asfalto. Los coches, al pasar por allí, se deslizaban con más cautela a causa del peligro de accidente que provocada la resbaladiza carretera. Permanecía mirando de frente la carretera, sentado encima del respaldo del banco, totalmente quieto. El único movimiento que mi cuerpo era el de cerrar los ojos y volverlos a abrir, mirando cada vez con más detenimiento lo observado. Solo me concentraba en observar, ni siquiera me preocupaba que no estuviese respirando y la dificultad que tenía para respirar producida por el encharcamiento de mis pulmones y corazón, producido por las lágrimas de las penas guardadas dentro, sin haber sido expulsadas en su debido momento. Mi mirada observaba lo que alrededor sucedía: los coches yendo cada uno por su carril correspondiente; las personas caminando, realizando así su trayecto deseado; la gente entrando o saliendo de los pisos que estaban al alcance de mi vista,... Una joven caminó hasta la parada del autobús donde yo también esperaba, y se detuvo. Permanecía allí, tan inmóvil que a mis ojos no les dio ninguna dificultad a la hora de observarla y fijarme en ella: era una chica común, de unos catorce o quince años, es decir, una adolescente más. De piel clara y blanquinosa como la leche, pero de aspecto menos puro que el de su color de piel. En sus oscuros ojos drogados, brillaba la maldad y crueldad de un ser despreciable. Su cuerpo, común pero inevitablemente voluptuoso aún así, era cubierto por una vestimenta de lo más normal en jóvenes de su edad: Una diminuta camiseta blanca debajo de una chaqueta vaquera negra y unos pantalones ajustados de un color verde llamativo. Sus labios, recién pintados, cubrían una sonrisa maliciosa que podía prever sin ni siquiera imaginármela. Su cabello era lo más bello de ella. Largo y oscuro, un cabello muy común en las adolescentes pero simplemente precioso y de apariencia suave. Su aspecto la describía perfectamente como una adolescente sin vocación ni sueños, probablemente adicta de drogas duras y su pureza había sido marchitada y manchada hacía ya mucho tiempo. Era una joven común, pero había algo en ella que despertaba una extraña sensación de intriga, de atracción. Sin duda, algo me decía que aquella vulgar chica no era una persona más, sino que era diferente, es decir, algo me indicaba que ella era o tenía algo de vampiro. Quizás fuese su mirada, su boca que me insinuaba que debajo de ella se ocultaban colmillos recién afilados, o su piel clara y su oscuro cabello. Algunas veces su mirada se cruzaba con la mía en mi detenida observación, pero después de disimular un poco como si solamente la hubiese mirado de refilón, volvía a continuar a inspeccionarla, detenidamente, intentando no dejar ninguna característica o curiosidad sin ser descubierta. Parecía inquieta, desesperada esperando la llegada de algo o alguien, posiblemente el portador de la droga que inconscientemente su cuerpo le pedía gritos. Deje de mantener mi mirada fija en ella para volver a observar los coches pasar. No llego a pasar demasiado cuando un coche se detuvo al costado de ella. Un coche de modelo no muy reciente, negro y con algún desperfecto o rasguño destacable. Por la ventanilla abierta del conductor, se podía divisar a un chico, ya mayor de edad. Su visible aspecto era de lo más normal en gente de su clase social: Arreglado, con el pelo corto y en punta, gafas de sol de cierta marca moderna y una diminuta perilla, con la que supongo que se intentan hacer más interesantes. La chica se acercó a la ventanilla y comenzó a hablar con el sujeto, luego, tras una leve conversación o, más bien, planificación de lo que se va a realizar, ella se dirigió al otro lado para sentarse en el asiento del acompañante. Mientras, miré detenidamente al chico, el cual abrió la boca para sacar algo de ella, un chicle, y tirarlo por la ventanilla. Su boca abierta fue una revelación a mis dudas. Sus afilados colmillos eran la prueba de mis sospechas, por lo cual la chica era vampiro y este chaval era posiblemente el que la había convertido en ese ser que tanto desprecio. No dude, ni siquiera pensé. Saqué rápidamente un bolígrafo de mi mochila y lo tiré cerca del coche, simulando una torpeza y acercándome a la parte posterior de este a recogerlo. Rápidamente, sin ni siquiera tomar tiempo para respirar, busque en el bolsillo interior de mi chaqueta una especie de pequeña cantimplora, cuya capacidad de almacenamiento es del tamaño de una pelota de tenis. Esta estaba llena de una tinta oscura, y tenía una pequeña grieta en su cierre, por lo que en bruscos movimientos como los del coche al moverse, permitiría que el líquido escapase, así dejando marcado el camino realizado por ellos. Una vez pegado esto al coche gracias a un imán que tiene, retrocedí hasta el banco y me volví a sentar. Ellos se marcharon pendiente arriba, y yo, inquieto y con ganas de desahogar mis penas con ellos, permanecí en el banco apenas tres minutos antes de ir siguiendo las huellas hasta encontrar donde permanecían. La chica, con la cual me había cruzado alguna vez sin fijarme demasiado en ella como había echo esta vez, tenía que vivir no muy lejos y supuse que era allí a donde iban. La tinta que se había caído, se marcaba en el cuelo y se mezclada con los pequeños charcos que habían, causados por las lluvias recientes provocadas por ennegrecidas nubes que aún cubrían aquel triste cielo. Así las manchas seguían un camino recto, pero que se detenía para meterse en una calle sin salida. Allí, al final de aquella calle, estaba aparcado el coche del chaval, y no era muy difícil deducir donde habían entrado, ya que era una diminuta calle, encima que solo tenía como salida por donde habían entrado. Miré los edificios, pequeños pisos, todos iguales y sin nada que destacar en ellos. Localicé rápidamente una ventana, cerrada pero no demasiado, lo cual significaba que había personas, y además aquel día ellos podían permitirse el lujo de no tener que cerrar totalmente las ventanas, ya que ningún rayo de sol se escapa entre aquel muro de nubes que cubría aquella localidad en la que resido. No era más que un primer piso, así que puse ambos mangos de mi ligera mochila en mis brazos, y agarrándome fuertemente a una cañería del edificio, comencé a trepar suave pero decididamente hasta un balcón del edificio, y apoyado en la barandilla d este me pude asomar a la ventana que estaba entrecerrada. Principalmente pude ver una silueta verticalmente situada, encima de la cama. La habitación estaba completamente oscura, y fue así que me costo visualizar otra silueta tumbada en la cama. La silueta vertical se movía bruscamente encima de la otra, intuyéndose claramente la realización de actividades sexuales. Permanecí observando, como si fuese un mirón salido más, esperando a algún cambio, que se realizó: el chico, que era la silueta tumbada, puso a la chica tumbada esta vez y el se coloco inclinado encima de ella, con la típica postura de soldado. Sin escatimar más en los detalles sobre la sesión de sexo que ambos estaban realizando, iré directo al caso:
Volví al balcón en el que me estaba apoyando, y abrí la mochila, rápidamente saqué los tres objetos que esta contenía: una libreta, la cuál claramente no utilizaría; una diminuta daga que escondí en mi cintura, debajo de mi camiseta; y por último, una katana de pequeño tamaño, cuya funda le quité y tiré cerca de la mochila. Con la katana en una mano me agarré a la barandilla y subí en ella, luego, acerqué uno de mis pies al bordillo de la ventana, y como encima de esta habían una serie de tubos por los que pasaba en alumbrado, me cogí con precaución a ellos y con la ayuda de la suerte, ya que la agilidad no es lo mío, quedé arrodillado delante de la ventana, y haciendo fuerza con mis brazos para colgarme de los débiles tubos, le pegue una patada a la ventana y sin siquiera dejar tiempo para que los cristales cayeran al suelo ya me había precipitado rápidamente en la habitación, y nada más tocar el suelo, moví el brazo hacía atrás y con un movimiento recto de atrás a adelante, atravesé la espalda del sorprendido vampiro, perforando de pleno su corazón, ya que mi instinto localizador de ese órgano sin verlo no me suele fallar. Saqué mi espada de aquel cuerpo mientras este se iba fraccionado y convirtiéndose en fina ceniza que se llevaba el viento que entraba por la recién abierta ventana. Con mi katana liberada de nuevo, fui a por el otro ser vampiro que quedaba en la habitación, y que claramente no se trataba de mi persona. Esta, histérica y llena de miedo, se movía hacía atrás, mirándome con el miedo en sus ojos que me suplicaban clemencia. En su desesperada intención de salvarse del tener que ser destrozada por mi espada, se tiró al suelo al suelo, y acurrucada busco algo con que defenderse en la mesita que tenía al lado. Lo único que llegó a alcanzar fue una copa, un pequeño cáliz dorado el cuál contenía sangre. Me ofreció aquel cáliz del que hacía unos minutos habían estado bebiendo ella y aquel chico, uno más de los amantes que me imaginé que tenía la pequeña joven desinhibida. De repente, mientras ella cerraba los ojos mis ojos igual que mi mente solo miraban aquel cáliz, y mis cuestiones se generaron en mi mente, causa de lo vacío que se había quedado recientemente mi corazón. ¿Por qué seguía matando a aquellos seres?, ¿Por qué continuaba matando a aquellos vampiros que ni siquiera me habían echo nada, cuando aquel juramento ya no tenía sentido?, ¿Por qué iba a matar a una vampiro más, si ya no tenía por quién hacerlo?, ¿Por qué hacía algo que ya no me llenaba nada, si mi corazón ya estaba vacío? Mi corazón, desgastado por aquellos malos tiempos, no sentía satisfacción en aquel acto. Ni siquiera desatar mi ira con aquellos seres producía sensaciones de placer en mí. Me fije en aquella chica, desnuda, no me atraía pero aún sí, ¿qué me impedía perdonarla?, ¿cuál era la causa para seguir con aquella matanza? Ella, impaciente y extrañada por no haber recibido muerte aún, abrió suavemente los ojos y me contemplo. Sus ojos se fijaron en mí, y su temor a la vez que su incomprensión hacia mí eran escritos en sus débiles miradas. Mas fue su incomprensión cuando le agarré aquel cáliz que aún agarraba con sus manos, antes de que este fuese derramado, y lo dirigí hacia mi boca. Ya era hora que aquel néctar que traía locos a mis más fieles enemigos también fuese probado por mi gusto. Apoyé en miss labios y bebí de aquella sangre cuya procedencia desconocía. Me deleité con aquel sabor, y luego tragué. Ella, dudosa, se levanto y como obligada por la situación, se dirigió temerosa hacía mí, como ofreciéndome a ella misma. Busco mis labios, como para después de beber aquella sangre tuviera que besarme para complacerme y así, que yo le perdonase la vida. Me abrazó y sus labios chocaron contra los míos, los abrió y cerro como comiendo desesperadamente de ellos aúna desgana, pero ni siguiera me moví. Ni la abracé yo ni casi moví mis labios, solo la dejé hacer, como inconsciente de que me besaba y de lo que hacía, como si solo quisiera que ella hiciese lo que hacía y así sentirme superior. Aquel beso no llenaba mi corazón para nada, pero me hacía no pensar en otro par de ellos, únicos y que ahora eran casi opacos a mi mente, borrosos en mi memoria y olvidados motivos pasados por los que estaría destrozando con mi espada el corazón de aquella vampiro, me dejé deshacer por el único placer que sentía al pensar que ahora nuevos motivos me llevarían a actuar de forma diferente a la de siempre. Ahora, me besaba con uno de los seres pertenecientes a la raza que más odio desde mi marcada infancia, y aún así ninguna voz de la conciencia hablaba en mi interior, solo se podía oír a gritos las risas de mí ser más maligno, recién despertado y ya en lo más alto del dominio de mi mente…


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