(Parte 2)
Me harté de andar perdido. De deambular por el mismo camino, de sentirme solo en los lugares en los que antaño reí acompañado. Estaba cansado de sentir que se desvanecía todo ante mis ojos, como el humo de un cigarrillo que prende rápido y del que no puedes recuperar ni las cenizas.
Mi sombra, se notaba incómoda deambulando invisible entre las tinieblas de aquellos barrios. Dolorido, por el insoportable daño que me provocaba el roce del pasado, pensativo o físico, con el que por aquellas calles me tropezaba. Estaba necesitado de marchar, retomar los sueños y olvidar el porque perdí muchos de ellos.
Mi cuerpo estaba habitado por criaturas que se sentían esclavas, en una maraña de cancerígeno humo y fotografías quemadas. Y pensé. Medité. Creí. Soñé. Soñé con no volver a arrepentirme por el pasado malgastado. Con trazar un sendero con mis propios pies, en el que poco a poco, me dirigiese a aquel lugar que me prometí de pequeño. “La tierra prometida de mis sueños”. En un nuevo paraje. Sin nadie, y con todos. Todos los sentimientos que deseo que me acompañen en mis aventuras. En mi deslizamiento por un pequeño agujero, en el que caigo y sin embargo vuelo. Volar a otra maravillosa ciudad. Dar pasos por encima del viento, y parar para sentarme en las nubes a ver el lucero. O hablar fugazmente con las aves en vuelo.
Y pensé. Medité. Creí. Compré, un billete de ida a una ciudad desconocida. Un pase hacia mi ilusión perdida, que vuelve para dar significado a mi vida.

