5.22.2008

Parte 1

Llevaba un par de horas de viaje, y aún así me quedaba más de medio trayecto por delante. Intentaba dormir mientras me encontraba sumergido en mis pensamientos. Con los ojos cerrados, apenas era consciente de mi entorno excepto por los leves sonidos que mi mente desechaba. El movimiento del tren hacía que mi cabeza oscilase y, en varias ocasiones, acabase golpeándose contra el cristal de la ventana en la que estaba apoyado. No podía descansar.

Dejé el asiento y me dirigí hacía el bar. Mientras esperaba el café que había pedido, inclinaba la cabeza para poder ver a través de las pequeñas ventanas rectangulares, desde las que a penas divisaba más que otras vías. En aquel pequeño habitáculo ni siquiera tenía espacio para acomodarme sin acabar molestando el paso de alguien.

Tenía el mal sabor de boca de no haberme despedido de nadie. Si me lamía mis dientes, notaba el sabor a sangre que me producían las heridas mal curadas que me habían hecho mis propias palabras al impedirlas salir y recluirlas en mi interior. Mi lengua tenía miles de puntos de las veces que me la había tenido que morder. No podía mencionarle a nadie mi paradero. No por mi propio bien. Y aunque sabía que me beneficiaría, no podía dejar de pensar en eso. Y cuando mis pensamientos hablan y se lamentan entre ellos, mi mente no encuentra la tranquilidad para conseguir soñar.

Tiré a la basura el vaso de plástico del café, que había acabado casi derramando por completo fruto de mis nervios y la oscilación del tren. Volví a mi asiento, y con la mirada fija en la pantalla de televisión, intenté no pensar. En vano. No deje este acto monótono hasta que llegué a la estación. Cuando bajé, mis preocupaciones se marcharon debido a la novedad de lo que se presentaba ante mis ojos. Se perdieron entre tantos viajantes, y solo me dejaron el peso de sus maletas.