3.22.2007

Ausente

Nada… Ni siquiera una nota de despedida. Me marché intentando mirar lo menos posible atrás, todo me revolvía el estomago y me comenzaba a hartar. Solo en susurros a unos pocos alerté de mi marcha, y con cartas desde el hoyo les cuento mis hazañas. Mis penas, extensas y fantasmales, que con un suave aroma a viejo, me acarician como siempre, monótonamente. Su tacto estremece mi alma, que acostumbrada ya no pide llantos, solo calma. Es la tortura que me produce el continuar viviendo en un idéntico presente, tan parecido al pasado que sorprende.
“¿A dónde habrá ido?” se preguntan los más curiosos, otros miran a un lado y renuncian a conocer la respuesta. Estructuras antiguas de acero y piedra, barandillas de hierro, estrechas escaleras de grandes escalones, carcomidas puertas que se quejan de que les crujen sus propios huesos y paredes envueltas en papel y polvo. Detrás de todo ello, escondido me encuentro. Asustado por el olor a aire muerto, los llantos de la madera y el rugido del viento, me acurruco en un hueco, y miro una baldosa, que aunque permanece inmutable, nunca me parece la misma cosa.
Las ventanas permanecen cerradas por el día, y dejan pasar a la oscuridad por la noche. Me muevo únicamente para cambiar de cassete, me he permitido la “soberbia” de no utilizar el habitual mp3.
Si deseo refrescarme, no encontraré más que cintas en la nevera, así que recurro a llenar de mi propia sangre la bañera. Estoy sangrando, lo sé, pero mientras a nadie le importe donde esté, aquí lentamente pereceré.

0Escarabajos pensaron

Publicar un comentario

<< Home