La última sonrisa...
-Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing!!
La mayoría de veces, el teléfono suena cuando peor le viene a uno ir a cogerlo. Me suele pasar que lo hace siempre que estoy en la ducha, lo cual provoca que pringue toda la casa. Rápidamente alcancé la toalla, la pasé por algunas partes de mi cuerpo en un intento de secarme, y aún húmedo caminé hasta la mesa. Iba dejando charcos en vez de huellas a mi paso, y una vez lo descolgué, aproveché para secarme el pelo mientras saludaba al aún desconocido que había al otro lado:
-¡Yeeeeeee!-saludó efusivamente el que acababa de hacerme inundar mi casa.- ¿Qué pasa tío?, soy yo.
Esta claro que lo reconocí nada más oír su voz, así que ni se molesto en recordarme su nombre, no hacía falta:
-¡Hey!, ¡buenas! Yo bien, ¿y tú?- le respondí cordialmente.- ¿A qué se debe tu llamada?
Con esa pregunta ya se acababan los innecesarios pero educados saludos, y comenzó a exponerme un plan de salida, el cual tenía como fin arrancarme de la comodidad de mi dulce hogar para ir a parar a cualquier local de mala muerte. Pero oír que iba a ser algo un tanto “familiar”, palabra que solemos utilizar para explicar que van a ir conocidos de siempre y poca más gente, me convenció. Quedé con el, e hice todo aquello necesario para salir: Vestirme, cenar algo ligero y rápido, adecentar un poco mi aspecto y abastecerme del dinero suficiente como para poder conseguir mis propósitos.
Cogí el último autobús, en el que fui casi el único pasajero. El recorrido se me hizo corto pensando en multitud de cosas, construyéndome una idea de lo que íbamos a hacer, siempre equivocada. Luego, como siempre, empalmo con el metro, en el que, como la mayoría de las veces, me crucé con un conocido. Una de esas personas que te sirven para no estar mirando el asiento vacío de enfrente mientras crean pensamientos inútiles, pero con él que estableces conversaciones estúpidas. La verdad es que siempre he preferido ir solo a aquello, pero ya que estábamos, un poco de conversación para comenzar a abrirme no seria nada malo. Una vez que el metro ya se había metido bajo tierra y habíamos pasado unas cuantas paradas, llegué a mi destino.
Mientras iba mirando las escaleras mecánicas, empezó el panorama a presentarse delante de mí. Vaya que si éramos la familia, ni uno más ni uno menos. Mi ángel destacó como siempre y fue la primera que me arropó en un lindo abrazo con su abrigo. Poco vestuario había cogido, mala elección. Uno de ellos me alargó su brazo y me estrujó la mano con su robótica articulación. Están incluso las nuevas sonrisas con las que ya me he encariñado, y todo parecía que fuese a ir tan bien… que con una de mis frases estúpidas promoví a que nos encaminásemos hacía el local que se disponía a escuchar nuestras bromas y sufrir nuestras risas.
El sitio tenía algo de muerto o sinónimos en el letrero y a simple vista parecía acogedor, lo que no era nada equivoco a la realidad una vez estabas dentro. Copas baratas, ambiente de gente peculiar y agradable, música discreta, alternativa y de buen gusto, en ese mismo instante le podría haber hecho una publicidad esplendida.
Nos sirvieron para empezar una ronda de chupitos de un suave licor, para acostumbrar al estómago, el cual iba a recibir más alcohol aquella noche que en todo aquel mes de abstinencia. Luego vinieron mis especiales cubatas de Ron con Cola. Qué bien entraban en mi cuerpo, el cual estaba destrozado por dentro de tanto almacenar lágrimas y penas durante aquellos meses. Los cubatas eran como el alcohol medicinal que necesitaban mis heridas interiores, y el escozor se representaba en un pequeño mareo que crecía en mi cabeza. De repente, uno de nosotros, o más bien dicho una, sacó su mítica cámara, y comenzó a fotografiarnos. En un momento, todos estábamos en fila, posando para la foto en grupo, a un lado tenía a mi ángel, el otro estaba vacío, hasta que alguien se coló entre mi brazo y su pelo, que levemente tapaba su rostro desde el perfil, y la amiga diciendo “¿listos?”, me hicieron pasar y mirar hacia la cámara y sonreír. La última sonrisa de la noche.
Su oscura mirada creo una fina aguja que cosió mis labios durante unos segundos. Nada que decir, mucho que pensar. Pensar en qué hacía allí, por qué se había colado en la foto, y de donde salía. O mejor, una conclusión final: ¿Qué quería de mí esa maldita bella criatura?
-¿No me saludas?- preguntó con ironía.- ¿Ya te has olvidado de mí?
Sabía perfectamente que no. Como iba a olvidar a alguien que apareció de mi vida tan fugazmente como se marcho, supuestamente herida de bala en el pecho y moribunda cuando fui a por la ambulancia. Había sido la razón por la que me había quedado encerrado en mi hogar sin salir, aprovechando para revivir si era posible, y ahora me volvía a clavar una daga con sus palabras, como queriendo que no tuviese ni la más mínima oportunidad de levantarme y poder andar. Fui grosero, pero no sirvió de nada. Mi ángel, que había estado más o menos a mi lado durante todo ese momento, se acerco, se apoyó en mi hombro mientras me preguntaba si las presentaba. Qué dulce ironía, el ángel y el diablo juntos, lo que me provocaba algo extraño, una mezcla de ira y cariño. Dos comentarios que mis oídos no alcanzaron a oír, y mi ángel se marchó a sentarse en la mesa. Iv, aprovechó para mirarme con sus frías pupilas, mientras me sonreía pícaramente con aquello bellos labios. Cuanto de difícil me sería ser indiferente ante tal imagen. Ella lo sabía, y aprovechó el momento para crearme mas duda con el sabor de aquellos rojizos elementos, cuyo modelo debía ser la unión del infierno y la pasión. Con esas delgadas líneas oscuras que los partían perpendicularmente, contrastando y siendo un conjunto de dos de mis colores más queridos. Consiguió estirar de mi cola como si yo fuese un simple ratón, y ella una gata con mucha hambre, la cual yo le saciaría hasta que ella lo desease…


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