10.16.2005

Iv

La mañana ha pasado y la tarde esta en su punto final. El día parece no haber servido de nada, encerrado entre los barrotes que rodean el instituto. Suena el timbre y luego mi móvil. Llamada de un mensajero de desgracia. Mi mente se turba y, lo que no ha sido un buen día, se va tiñendo aún más de negro “pena”, con tonalidades de rojo sangre. La salud de un anciano familiar muy cercano ha empeorado. Me obligan a no volver a casa y me dan dos opciones: encerrarme en un hogar en el que se respirara la tristeza, o marcharme allá donde quiera, con una compañía amigable que me compadezca y me ayude a olvidarme de la mala noticia. Prefiero la segunda ya que no me gusta el obvio infierno que significa la primera.
Dejo en las manos de los demás la planificación, y sigo al lado de una amiga, que me guía hacia su casa. Agradezco su invitación, y la rechazaría si no fuese porque no tengo otra opción. Me consuelan ella y otra amiga que ha acudido a la cena. Sirven pasta bañada en tomate, acompañada de unas cuantas cervezas. Mis ojos no transmiten ninguna señal de alegría, y mis labios permanecen rectos y juntos, como unidos por la tristeza que me invade. Con comentarios alegres y alguna que otra broma intentan sacar una linda sonrisa de mi boca, y alguna les acabo dedicando para que se queden satisfechas, pero nada más.
Marchamos hacia uno de esos lugares que, un viernes como el de hoy, se llenan de jóvenes en busca de diversión y que llevan mochilas repletas de alcohol y drogas, como mis compañeros. Entramos en un garito y sirven una ronda a todos, excepto a mi que la rechazo. Aburrido e inquieto, devoro mis uñas pensando en el infierno de día que he sufrido. Me olvido por un instante que aún no ha acabado.
Me levanto y me dirijo a los aseos cuando me cruzo con una imagen que me paraliza. Otra puñalada de este magnífico día directo al corazón. Las palabras no me salen de la boca, a ella tampoco, y al otro, ni digamos. Sin disculparme siquiera, los dejo para entrar a mi principal destino, y bañarme la cabeza en agua. Más negro pena. La peor y más infantil reacción sería la de bañar este color con alcohol, por eso la elijo.
Salgo y mientras intento pasar de todo mí alrededor, voy pidiendo una y otra copa, las que voy acumulando en mi cuerpo, mientras me aconsejan que me controle. Poco tardaré en volver a los servicios. Muy poco. Me acompañan esta vez dos amigas, que no me discuten, solo me ayudan y me comprenden. Es un mal momento.
Salimos del lugar para marchar a otro, que se distingue por tener un ambiente musical mucho más selecto. Yo ni siquiera hago ni el mínimo esfuerzo por menear mi cuerpo, no me apetece. Junto a mi mejor amigo, me paro en uno de estos cómodos asientos y pido otra copa. Humo inyectándose en las venas de todos. Mi mente, oscura por las tonalidades expuestas hoy ante mis ojos y oídos, chilla silenciosamente, desgarrándose a sí mismo con el inmortal grito.
Me levanto e intento guiarme por mi instinto hacia una de esas habitaciones repletas de retretes que esta misma noche he visitado en el garito. En mi camino, o yo en el suyo, me choco contra una persona. De género femenino y con una edad semblante a la mía, se queda perpleja viendo mis nublosos ojos. Me agarra fuerte con su brazo, como aprisionándome con las cadenas que tiene como manos. Me guía hacía el cuarto de baño de las mujeres, y me ayuda a entrar y comenzar a vomitar. Doy asco, expulsando lo que hace apenas veinte minutos me he metido en el cuerpo. Aún así me contempla, orgullosa de verme con semejante aspecto. En cuanto paro, se arrodilla delante mió y me limpia con un pañuelo el rostro. Sentando en uno de los retretes de señoras de un pub me limpian el vomitado del rostro mientras me acarician el pelo. Sin duda alguna, estoy muy cerca del infierno, y noto las llamas en cada caricia que me da con sus dedos rozando mi cabello, grasiento y sucio. Con un dedo me acaricia un labio mientras que con los demás agarra mi barbilla y dirige mi cabeza hacia la suya. Siento como mi alma se escapa por entre mis dientes y veo como mis ojos como se cuela por sus fosas nasales. Respira de mi tristeza, de mi pena, de mi absolutamente deprimente rostro. Devora todo al igual que mis labios, muertos y abandonados de cualquier sentimiento razonable. Y cuando quizás su existencia este consiguiendo que se me escape una sonrisa de mi prisión, me deja ahí, tirado, me lanza el pañuelo al suelo y cierra la puerta. Nada más. Lo último que oigo es la puerta de los servicios al cerrarse impidiéndome oír sus pasos alejarse. En uno de los extremos del pañuelo, un nombre, apodo o parecido, lo único que me queda ya, escrito en rojo sangre, para diluirse en el negro que ha marcado la noche. Y solo pone un nombre monosílabo:

Iv.

2Escarabajos pensaron

Anonymous Anónimo susurro...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

11:35 p. m.  
Blogger hkron1kl3z susurro...

No tengo ningún problema a que lo añadas a tus links. Mis palabras volaran libres aun estando ofrecidas en tu blog, y aver si así me consigo más lectores XD. Aunque lo dudo...

10:35 a. m.  

Publicar un comentario

<< Home