(2ª parte)
Continúo unos instantes quieto, sentado en el suelo encharcado de a saber que líquidos. Me pregunto si todo es un sueño y realmente estoy muerto tumbado en el sofá de mi casa. Pero no es así. Hoy parece que los ángeles no han pasado por mi lado.
Tras un rato de intentar poner mi mente de nuevo al control de mi cuerpo y de mis actos, consigo levantarme e ir a adecentarme el pelo, hasta el momento, totalmente desecho y con innumerables enredos. Me lavo un poco la cara, y me entretengo en notar mis húmedas manos al contacto con mis mejillas, las que arden de tal manera que parece que haya una hoguera en mi boca. Estiro un poco la piel hacia abajo, hasta poder ver bien abiertos mis ojos, y una vez me puedo ver decentemente, salgo de allí.
Me dirijo hacia mi grupo de amigos, mientras pienso en que si le cuento esto a mi mejor amigo, solo me creería porque en estos asuntos sabe que no tengo porque mentirle, aunque le sonaría la historia igual que uno de esos fantasiosos cuentos infantiles. No encuentro directamente a la gente, y voy mirando a un lado a otro de la abarrotada sala, hasta que al final reconozco a uno de los miembros entre la multitud. Me voy acercando mientras observo y distingo a más gente del grupo, que parece estar relacionándose con un minoritario grupo de desconocidos para mí. Cuando los alcanzo, me dirijo a saludar de nuevo, como si fuera un ritual amistoso, a mi fiel compañero, cuando distingo a una de las amigas hablando con una silueta femenina de espaldas, que no consigo reconocer. No termino de chocarle la mano a mi amigo cuando, en uno de esos actos de rutinaria cortesía, la compañera se lanza a presentarme a su desconocida compañera. O eso creía. La visión de su rostro hace apretar aún más mi puño, y notar como mi corazón se retuerce como un trapo al escurrirlo. No contesto mientras de su boca sale su nombre, pronunciado en rojo, el cual entra y se mezcla directamente con el negro de mi mente. Se acerca a darme los dos típicos besos, mientras mi cabeza ni siquiera se mueve a correspondérselos. Iv me mira con una sonrisa que cruza casi todo su estrecho rostro. Todo pasa más rápido de lo que creo, y salgo del local siguiendo a todos, a mis amigos, a sus amigos, y a ella. Reparten en grupos a la gente para su transporte en los coches, aparcados en diferentes lugares. Mi mejor amigo se marcha con su compañera a otro coche, mientras me dejan a mí con una de mis consoladoras amigas, un conductor desconocido al que poco después me presentan, la pareja de este y Iv. Iv me mira y es como si únicamente me dijese que no recuerda nada y quiere que se lo recuerde. Caminamos hacía una plaza del centro de la ciudad, cercana al lugar del que partimos, mientras mi amiga me sujeta y me habla, pregunta y rechista, mientras yo únicamente me callo y contemplo más delante el andar de Iv. Es como si ni siquiera levantase los pies y se deslizase como un fantasma. Una sombra perpendicular al suelo, y que tiene el rostro más bello de cualquier ser viviente y muerto.
Llegamos al coche y mientras el conductor se prepara y pone en el radio cassete uno de esos discos de música disco, yo me situó al lado izquierdo de los asientos de la parte trasera. A mi lado la amiga, y al de ella, Iv. En el asiento de copiloto la novia del conductor. Arrancamos sin que yo aún me haya enterado de a donde marchamos. Mientras a mi lado, una baila al compás de la música, yo permanezco quieto, alternando mí mirada con el oscuro paisaje de las anaranjadas carreteras nocturnas de la ciudad y la visión de Iv, quieta y sonriente, mirando hacia delante, sin percatarse de mí presencia ni una vez tan siquiera. Suelta bromas escabrosas, y algún comentario sobre la noche o el grupo de gente, siempre poniendo verde a aquel que falta. Roberto, que así es como se llama el que nos desplaza en su automóvil (o eso creo recordar, aunque qué importa su nombre), nos sugiere el parar un momento a fumarnos los, recién liados por su acompañante, porrillos. Yo me callo, mientras los demás acceden, excepto Iv, quien también permanece en silencio, y en esta vez si se gira y me mira en silencio, una diminuta sonrisa esta dibujada en sus labios, pero ningún comentario. Paramos y se baja Iv para que así la otra pueda pasar delante a fumar, mientras ella vuelve a entrar. Ahora aún más cerca y aún así, silencio. Mi miedo me vuelve a hacer callar, y es que tanta pena me ha sellado la boca. No tardan demasiado en acabarse los suministros ya elaborados, y tras liarse otro, deciden marcharnos. La amiga se sienta esta vez al lado de la ventanilla y deja a mi lado a la que, hacía menos de hora y media, me había devorado el alma para sustituirla por dudas y penas que ahora vagaban en mi interior. Roberto intenta arrancar en vano. El motor carraspea pero no llega a encenderse. Vuelve a intentarlo en dos ocasiones más ni nada. Mira un momento el indicador de combustible y se maldice una y otra vez. Maldita la gracia de tener como conductor a un maldito rácano que le cuesta hasta llenar el depósito de su coche. Lo que me faltaba, tirados en el principio de un barrio del sur de la gran ciudad, donde el silencio pasea por las calles y donde parece que deberemos permanecer un buen rato. No sé que pensar, si es mejor o peor incluir que además permanezco a la izquierda de la que hasta ese momento y desde esa misma noche era un motivo de dudas y penas, y la que pronto se convertiría en la reina de mis pesadillas.


1Escarabajos pensaron
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