7.09.2005

Cariño

Llovía sobre la ciudad. El cielo azul tenía tonos grises, que lo oscurecían a la vez que se iban haciendo más fuertes según la distancia. Caían gotas no muy frías sobre la ardiente ciudad, que desprendía el calor acumulado en fachadas y aceras. Un cierto humo se creaba por la reacción de la lluvia en contacto con el suelo. Las ventanas del metro se llenaban de pequeñas gotas que habían acabado chocando contra el, conducidas por el aire. Otra vez, el principio del vagón era mi lugar de reflexión, de observación, y donde los pensamientos tendían a acabar estando igual de dudosos. Gotas de agua se deslizaban por mi sudada frente. El calor que me producía la aglomeración de gente en el metro me estaba produciendo un sentimiento de ahogo. Mis piernas me dolían, cansadas de tanto caminar de un lado a otro. Las plantas de mis pies estaban como ardiendo por el sufrimiento. Todo era carne al rojo vivo y empapada, que al rozarse se escocía entre ella. Oía el sonido de las gotas al romperse contra el cristal, y escuchaba a medias las conversaciones de las personas de mí alrededor, y a la vez tan lejanas de mi mente. Mi cabeza me dolía más que mis piernas y pies, y quería arrancarme la dolorida piel, quemada por el sol que había estado brillando todo el día. Intente centrarme en algo, y mi mente se nublo.
Un niño de poca edad, dos años aproximadamente, iba en un carro, puesto entre los cuatros asientos del metro. En uno de ellos estaba su madre, en otro su hermano, una mujer mayor desconocida y una niña de cinco añitos. La madre de la niña estaba de pie al lado de esta. El niño, por indicaciones de la madre, la cual había establecido una complicidad amistosa con la otra madre, acerco su mano pequeña y suave hacia la cara de la niña. Esta, que parecía estar ausente, le dejo hacer, y el, con cariño e inocencia, depositó la palma abierta de su mano en la mejilla de ella. Un tono suave y rojizo apareció en la parte inferior se los ojos de la chiquilla, de vergüenza, mientras el niño movía leve y suavemente la mano sobre la mejilla, con delicadeza. Las madres eran cómplices de aquellas caricias, infantiles, más allá de la primera apariencia de un tacto sexual. Era un gesto más profundo, de nivel tan complicado que parece imposible que puedan hacerlo dos infantes. Era cariño, del puro. Amor más allá de los límites de la pareja: amistad. Un roce que es más que puro intercambio de placer, un intercambio de complicidad, de afecto, de sentimientos más complicados de expresar e interpretar. Si el amor se puede hacer desde la inocencia y la pureza del alma, era ese un ejemplo. Mi dolor se calmó, y me di cuenta de que ese era el sentimiento más importante y al que menos atención prestaba. Mi sufrimiento se calma con la llegada de los recuerdos de un amor infante, un cariño dulce e inocente. De ahí, todo empeora o mejora, pero ese punto ya es amor.

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