6.12.2005

V

Aquella figura salió del edificio, el cuál era una de esas construcciones muy recientes, con acabados simples, en la cual había unas cincuenta viviendas. Una gruesa figura. Una camisa negra y unos pantalones a juego con esta, que cubrían su poco esbelto cuerpo. Su largo y oscuro cabello caía de su cabeza hasta la mitad de su espalda, suelto y libre, sin ser recogido por ninguna goma. Su cara no podría ser más expresiva, y en sus pesados párpados y apagados ojos se podían adivinar las pocas horas que había dormido. Un día laborable, mediodía y aún así el se acaba de levantar. A regañadientes. Le han reclamado por teléfono, y debe acudir una vez más a ayudar a una de esas personas a las que esta atado todo miembro de una sociedad familiar. Levantarse a mitad de sus sueños, dejar el descanso y acudir allá a donde le reclaman sin poder recuperarse de una larga noche de trabajo, es algo que no le hace demasiada ilusión, aún siendo por hacer un buen acto. Se dirige hacía su vehículo, mientras el aire alza su pelo, brillante, aún limpio desde la noche anterior cuando se lo lavó por última vez. Algunas finas gotas caen sobre él. Se monta en ese coche, más gris que blanco por el tiempo que hace que no visita un túnel de lavado, y por dentro aún más rebosante de suciedad, de mierda inservible e inútil depositada en el suelo y el asiento de atrás. Enciende la radio mientras se mira al espejo. Unos cuantos pelos han surgido en su rostro, formando una diminuta barba, propia de la escasez de veces que ha pasado la maquinilla por ella durante toda la semana, aunque aún estamos a miércoles. Arranca y conduce rápida pero suavemente, con su vista perdida en la carretera y los sueños volviendo a su mente, reclamándolo renacer de nuevo, irse con ellos otra vez. Gira a la derecha y sigue recto. Recto y recto hasta la rotonda, donde cambia de dirección. Vuelve a ir hacía delante, esta vez más cerca de su destino. A lo lejos va viendo una silueta sentada en un banco de la parada del tranvía, esperándolo. Va reduciendo velocidad hasta parar enfrente de aquel adolescente, con una cierta semblanza a él, el cuál se levanta ante su llegada. Lo ve dirigirse hasta la puerta derecha, la abre y entra en el automóvil. Lo saluda y se dan dos besos. El hermano pequeño deja tirada la mochila entre sus piernas, y mira al piloto con una diminuta sonrisa, intentando aparentar un estado de alegría que es puramente ficción. El joven estudiante ha ido a recibir una lección de su igualmente joven maestro. Una lección importante, una guía de la ruta más importante del conocimiento e importante en la educación humana. El hermano mayor le enseña la asignatura de la vida, y le hace de pequeño bastón de apoyo mientras su inmadurez lo ciegue ante esta, hasta que abra los ojos. Hace días que no se veían, y los dos sonríen. Les gusta estar juntos, les agrada tenerse al lado, necesitan tenerse de apoyo, sea quien sea el que lo necesite y el que enseñe, ambos acaban aprendiendo y estando alegres, aunque solo duré lo mismo que la visita.
El día les agradece la reunión con el cielo oscuro y cubierto de nubes grises, como a ellos tanto les gusta. Seguirá chispeando, para que todo pueda fluir, como las conversaciones.

Dedicado al ser que más me ayuda en todo. Como relato de continuación de “Tranvía de penas y dudas”, en una época más clara de mi vida, si hay alguna oscura. Escrito para recordarle a cierta persona que él también me tiene aquí para lo que sea, y que sus opiniones me son muy importantes.
Saludos y besos.

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