Historía incomprendida
“Me recolocaba una vez más el pelo. Mi coleta dejaba sueltos algunos mechones de pelo, los cuales intentaba poner encima de la oreja para que se mantuviesen fijos. Esperaba la llegada de las dos personas a las que esperaba. Siempre se queda con un grupo determinado de gente, de suficiente cantidad numérica como para salir a hacer algo, pero la mayoría de veces acuden menos de la mitad de los previstos. Me ocurría casi todas las veces, y por coincidencia o no, acudían todos cuando yo no lo hacía por indisponibilidad. Pero allí estaba, esperando a dos de mis mejores amigos, que eran los únicos que me acompañarían aquella tarde. La espera se hace larga, la lleves como la lleves, por lo que los diez minutos de tardanza que llevaban los dos, se me hicieron bastantes más largos de lo que eran. Mirando el ambiente de aquella cafetería, lugar de encuentro de los últimos dos años. Nada que destacar, todo percibido por una pasividad máxima. Entran los dos, ella y él, separados por una frontera de discordia, una diferencia absoluta que no les une demasiado. Se sientan tras saludarme. Ella me saluda. Siempre lo hace, deleita mi mirada con su sonrisa pura, agradece dora de mi cariño y aprecio a ella. Pedimos nuestras bebidas: un café del tiempo para él, un granizado de limón para ella, y mi capuccino habitual. Descubrimos aquel lugar hacía dos veranos, los tres que ahora nos sentábamos en una de sus mesas, y desde entonces casi todos los meses quedábamos al menos un día para ir allí, por lo menos como lugar de inicio, para después movernos según la corriente. Era ya casi verano. Los veranos ven a la gente cambiar, y es una época a la que cuando se llega uno se da cuenta de los cambios. Más de cuatro veranos nos habían visto estar juntos, y ahora parecía que nos separábamos después de todo. Solo quedábamos nosotros tres, con nuestras bebidas en mano, y mirándonos a los ojos. Preguntando y conversando sobre nuestras actuales vidas se pasó una hora en el reloj. Nadie negaría que el cambio se había realizado, e incluso entre él y yo, que tantos hobbys compartíamos, se producían silencios incómodos, donde pensaba cada uno como recuperar la conversación, obligados a no dejar que el silencio dejase notar nuestra separación. Yo lo notaba, pero lo que más me hacía pensar es en mis dudas. Las dudas de ella, las dudas que nunca comprendería. La conversación se encaminó en temas amorosos, y tras minutos de conversación respeto al tema me levanté. Saqué el dinero justo de mi bolsillo y lo dejé en la barra. Atónitos los dos pronunciaron mi nombre mientras abandonaba el establecimiento y una lágrima se desarrollaba en mi ojo hasta crecer por mi mejilla, y morir en mi boca. Quizás la quería más que ha nadie, quizás no, pero no podía decir nada. La amistad se acaba, y mejor no sufrir, solo olvidar.”


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