8.31.2010

Un final anticipado...

El escarabajo creció y se marcho...
...en busca de sus otros sueños, junto a Nomada.

Seguirle a http://elviajedenomada.blogspot.com/

6.07.2008

(Parte 2)

Me harté de andar perdido. De deambular por el mismo camino, de sentirme solo en los lugares en los que antaño reí acompañado. Estaba cansado de sentir que se desvanecía todo ante mis ojos, como el humo de un cigarrillo que prende rápido y del que no puedes recuperar ni las cenizas.

Mi sombra, se notaba incómoda deambulando invisible entre las tinieblas de aquellos barrios. Dolorido, por el insoportable daño que me provocaba el roce del pasado, pensativo o físico, con el que por aquellas calles me tropezaba. Estaba necesitado de marchar, retomar los sueños y olvidar el porque perdí muchos de ellos.

Mi cuerpo estaba habitado por criaturas que se sentían esclavas, en una maraña de cancerígeno humo y fotografías quemadas. Y pensé. Medité. Creí. Soñé. Soñé con no volver a arrepentirme por el pasado malgastado. Con trazar un sendero con mis propios pies, en el que poco a poco, me dirigiese a aquel lugar que me prometí de pequeño. “La tierra prometida de mis sueños”. En un nuevo paraje. Sin nadie, y con todos. Todos los sentimientos que deseo que me acompañen en mis aventuras. En mi deslizamiento por un pequeño agujero, en el que caigo y sin embargo vuelo. Volar a otra maravillosa ciudad. Dar pasos por encima del viento, y parar para sentarme en las nubes a ver el lucero. O hablar fugazmente con las aves en vuelo.

Y pensé. Medité. Creí. Compré, un billete de ida a una ciudad desconocida. Un pase hacia mi ilusión perdida, que vuelve para dar significado a mi vida.

5.22.2008

Parte 1

Llevaba un par de horas de viaje, y aún así me quedaba más de medio trayecto por delante. Intentaba dormir mientras me encontraba sumergido en mis pensamientos. Con los ojos cerrados, apenas era consciente de mi entorno excepto por los leves sonidos que mi mente desechaba. El movimiento del tren hacía que mi cabeza oscilase y, en varias ocasiones, acabase golpeándose contra el cristal de la ventana en la que estaba apoyado. No podía descansar.

Dejé el asiento y me dirigí hacía el bar. Mientras esperaba el café que había pedido, inclinaba la cabeza para poder ver a través de las pequeñas ventanas rectangulares, desde las que a penas divisaba más que otras vías. En aquel pequeño habitáculo ni siquiera tenía espacio para acomodarme sin acabar molestando el paso de alguien.

Tenía el mal sabor de boca de no haberme despedido de nadie. Si me lamía mis dientes, notaba el sabor a sangre que me producían las heridas mal curadas que me habían hecho mis propias palabras al impedirlas salir y recluirlas en mi interior. Mi lengua tenía miles de puntos de las veces que me la había tenido que morder. No podía mencionarle a nadie mi paradero. No por mi propio bien. Y aunque sabía que me beneficiaría, no podía dejar de pensar en eso. Y cuando mis pensamientos hablan y se lamentan entre ellos, mi mente no encuentra la tranquilidad para conseguir soñar.

Tiré a la basura el vaso de plástico del café, que había acabado casi derramando por completo fruto de mis nervios y la oscilación del tren. Volví a mi asiento, y con la mirada fija en la pantalla de televisión, intenté no pensar. En vano. No deje este acto monótono hasta que llegué a la estación. Cuando bajé, mis preocupaciones se marcharon debido a la novedad de lo que se presentaba ante mis ojos. Se perdieron entre tantos viajantes, y solo me dejaron el peso de sus maletas.

3.07.2008

Mi perpetua

Me despierto en la oscuridad de mi celda. Entre los barrotes que me han visto sangrar y llorar, paso las primeras horas del día, haciéndome la idea de que, por mucho que quiera evitarlo, sé que voy a salir. Me espera ahí fuera lo mismo de siempre, pero aunque a veces intento regirlo, mi destino es ser constante, por poco partido que le saque a todo esto.

Cuando abren la jaula, levanto la cabeza, y estiro el cuello, mirando bien arriba, hasta que la potente luz despeje mis ojos. Fuera, en el ring, la misma batalla de todos los días. Unos se pierde, otros se gana. Pero mi cuerpo sangrando en el suelo siempre acaba. Herido y desquiciado, vuelvo a mi “guarida”, a recuperarme. Pasan las horas, y aunque se cicatrizan mis cortes, hay magulladuras que no se van nunca. Se acumulan en mi cuerpo, y a veces me vencen en KO sin que ni siquiera haya un combate de por medio.

Y el final siempre es igual, regresando a la oscura, pero satisfactoria, tranquilidad de mis sueños.

3.05.2008

No hay para mí

Los niños transportaban sus cazamariposas y tarros de cristal en sus macutos. Ascendían hacia los primaverales valles, donde por esas coloridas fechas, suelen divagar seres inusuales. Todos querían llevarse un hada a casa, para cuidarla, alimentarla y que así ella iluminase con magia sus vidas de fantasía. Dicen que cuanto más cariñosa es la persona que protege al hada, más beneficiosa se convierte la suerte que esta le otorga.

Yo, era uno más. Mi interior albergaba tanto cariño que estaba seguro que no habría mejor lugar para un hada que en el tarro de mis emociones. No cabía duda de que mi fe en aquella magia se enriquecería mucho aquel día, cuando hallase ante mí el más sutil de esos seres volátiles.

Llegamos al lugar, y tardaron poco en acercase aquellas diminutas criaturas. Su vuelo era ligero y dócil, pero suave y calmado, como dejándose ser atrapada. Rápidamente, todos comenzaron a recogerlas con sus finas redes, y depositarlas en sus cristalinos frascos, para quedarse anonadados observándolas. Yo me quedé tan fascinado, que nervioso, no me aclaraba en cual coger. Enseguida veía el brillo de una al pasar, pero enceguecido, no daba pie con bola. Mis intentos eran inútiles. Me faltaba la destreza de algunos y los reflejos de otros. Mi corta estatura me hacía quedarme a centímetros de alcanzar alguna, y mis pequeños brazos me dolían de tanto estirarlos en vano.

Poco a poco fueron quedando menos, las que continuaban alzaban más su vuelo, haciendo más complicada su captura, siendo las hadas más misteriosas y especiales.

Yo quería una de esas, de las realmente únicas. Pero era algo imposible. Comenzó a soplar el viento de marzo, rugiendo fuertemente, y desviando mi objetivo. A penas podía aguantar firmemente el mango de mi instrumento, y aún menos dirigirlo. Mi frasco de cristal, agarrado bajo el brazo, cada vez se me hacía más pesado, vacío, llenándose de aquel pesado aire que, a propósito, me impedía mi más preciado sueño.

La últimas hadas, desaparecieron bajo las líneas de nubes que el aire parecía hacer bailar.

Mi párpado comenzó a hincharse, y noté la calidez de mi lágrima al recorrer toda mi cabeza, hasta salir por el costado de mi ojo. Pero al exhibirse al mundo real, se heló por aquel frío que también a mi me había congelado, quedando paralizado, débil y frágil.

El tarro de cristal que transportaba, fue pesando más y creciendo hasta convertirse en un recipiente gigantesco, donde indefenso ante el viento, fui depositado, como una extraña criatura, observada por los demás con asombro e incomprensión. Solo que nadie, quiso llevarme a casa con él. Y dentro de mi tarro, vi anochecer…

Gracias a que, mis lágrimas son secadas por otros seres como yo, que me hacen sentirme muy fuerte con todo ese cariño. Porque cuando las seco con mi brazo, sé a los diez segundos que toca volver a sentir… Pues estoy vivo… Muy vivo… Y eso, más que con palabras, con sentimientos lo puedo decir

12.19.2007

Quiero volar

Siento escalofríos que recorren todo mi cuerpo. Acurrucado en mi cama, observo los charcos de lágrimas sobre esta. En silencio, intento pedir auxilio, pero mi lengua se siente torpe y totalmente inútil. Poco a poco, todo el calor se marcha de mi cuerpo, y solo queda esto, lo que siento.

Hoy me has mirado, y al fin he conseguido sonreír. Al menos, han sido un par de minutos. Me has dejado llorar junto a ti, y tu olor llenó todo mi interior. Mis ojos fueron vendados con tu bella sombra, y tapados mis oídos por tus delicadas palabras. Desorientado, comencé a nadar como un pez, entre las olas de mis sábanas. Pena que no sepa hacerlo bien, y tengas que venir a socorrerme. De tantas veces que me has salvado haciéndome el boca a boca, he acabado añorando tus labios. Y ya no puedo salir del océano de tristeza que me rodea. No si tú no me arrancas de él.

Y, aunque sea el enfermo, desearía cuidarte. Sí, porque mi inestabilidad emocional podría ser la dosis de dañina pasión que necesita tu rojizo corazón. Y porque nunca colores tan vivos me habían invadido. Pinto felicidad, pues carezco de ella. Debido a que necesito junto a ti estar, coloreo los días en los que me gustaría amarte.

Ops. Sí. Mierda. Te quiero esta jodida vez…

12.11.2007

No habrán sueños cumplidos que contar

Otra vez, el aire lleno de polvo, me cegó los ojos. Mi visión interrumpida por pequeños granos de arena, el resto de los sueños que ayer tan fuerte deseaba.

Ya no queda nada, solo el amargo vacío que dejaron al marcharse de mi interior las ilusiones. Y se me hace difícil no poder reprocharle a nadie, pues sería mentirme a mí mismo. Vivo de deseos enterrados, y que lentamente son devorados por los gusanos del recuerdo. Ya no podría contar cuantas cosas he vivido oníricamente, ni las veces que he sido amado. Los sentimientos vividos pueden doler si no son agradables. Pero escuece en mis heridas todo aquello frustrado, que necesito haber disfrutado.

Mis historias acumuladas ya no tienen oídos a los que no hayan sido narradas. Las páginas en blanco de mi novela acumulan demasiado polvo, y ni la sombra de las arañas se posa en ellas.

Ni las recetas que robé a los alquimistas, ni los conjuros de los necrófagos, me sirvieron para resucitar esas viejas sensaciones, los cosquilleos que produce luchar por algo. Muchas horas me pasé en el cementerio, y ahora a veces me quedo allí durmiendo, junto a una lápida, como otro frío cuerpo más. Muerto. Como mis sueños, asesinados ante mis ojos. Los creé, los alimenté e hice crecer. Los abrace para con mi cariño mantenerlos siempre cerca de mí. Destino cruel, siempre desintegrándolos. Y vuelve ese polvo, que en mis ojos grita, y asustado, me hace llorar.

Maldita mi rabia, mi desconsolada tristeza. Enriquecida mi alma perdida, que se marchó con todo lo que amaba. Vacío quedo mi cuerpo, y con él, todas mis lágrimas.

¡Ah, y se me olvidó! También mi maldita desgracia.